Friday, May 22, 2015

Cosas que no decir a un/a veg(etari)an@ # 4 : ¡Ah, es que tú no puedes!



Si un no omnívoro tuviera que meter una moneda de un euro en una jarra cada vez que escucha esta frase, en menos de cinco años podría comprarse un super televisor de plasma, un coche, o un piso en el centro de Donosti, dependiendo de la frecuencia e intensidad de su vida social.

Y es que te la dicen tus amigos, tus familiares, tus conocidos (casi siempre sin pensar y casi nunca con maldad o “recochineo mayoritario”), cada vez que se oferta u ofrece algo comestible que contenga carne o algún subproducto animal. Y tú les miras indignada y seriamente, consciente de que, inconscientemente (valga la redundancia), te están llamando “discapacitada nutricional” sin siquiera darse cuenta.




“No es que no pueda, es que no quiero”, contestas. Entonces llega, esa odiosa mirada de condescendencia infinita, esa que se le echa a un niño de 7 años por presumir de adultez al haber sido proclamado el más alto de su clase. Y tú sabes que, por mucho que te esfuerces en explicarlo, no entienden el matiz, ya que están más focalizados en lo que pierdes que en lo que ganas. Desde su punto de vista gastronómico, tú dieta representa una serie continua de pérdidas y sacrificios a los que ellos no tienen que enfrentarse.


Y nunca les sugieres, aunque te gustaría, que imaginen que el animal (o subproducto animal) más repugnante del mundo, marinadito en su salsa, es el plato estrella en algún banquete (local o extranjero) al que tienen la mala suerte de acudir. ¿Qué contestarían si alguien les ofreciera ese “manjar” que parece sacado de Indiana Jones y el templo maldito: ¿no quiero o no puedo? Pues exactamente eso sentimos los veganos y vegetarianos: hay ingredientes y platos que, para nosotros, hace tiempo que ya no son un alimento.

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Monday, April 27, 2015

Alimento = medicina




Ni el/la vegan@  más combativ@ podría autoengañarse o negar lo evidente: la carne contiene una cantidad considerable de nutrientes, pero (y aquí vienen las buenas noticias), al mismo tiempo, también lipoácidos saturados, ácido araquidónico, una cantidad excesiva de fosforo y hierro, grasas saturadas, colesterol y ácido úrico, entre otras delicatesen nutricionales no presentes en el mundo vegetal, que además de acortarnos considerablemente la vida, son el caldo de cultivo ideal para un sinnúmero de enfermedades, muchas de ellas mortales. (¿Por qué no nos advierten sobre esto de niños cuando nos venden la carne roja como el alimento todoterreno estrella?). Sin embargo, pesar de la masiva campaña de desinformación, se podría deducir, entonces, que la carne y todos los alientos de origen animal, “roban”, en términos de salud, tanto o más de lo que aportan.




Algunos veganos alardean de su dieta como si fuera la panacea y se creen inmunes contra cualquier tipo de enfermedad, lo cual, además de no ser cierto en absoluto, puede resultar contraproducente para el propio veganismo. Y es que la salud, por mucho que nos duela, no depende exclusivamente de la dieta, hay muchos elementos que inciden en la calidad de su estado. Algunos como la dieta, nuestros hábitos de sueño, el nivel de felicidad/satisfacción, nuestra psicología o  nuestro estilo de vida son más o menos controlables, mientras que otros como la genética y los elementos externos (una catástrofe natural, un accidente, una tragedia, la pérdida de un ser querido, etc), no. ¿Por qué desdeñar, entonces, lo que si podemos controlar?

Personalmente, me cuesta entender que aún haya gente hoy día que se aferre ciegamente al argumento múltiple de tradición, habito, conveniencia, sabor (y economía) para justificar su consumo de carne. Si una dieta vegana equilibrada y hecha con cabeza tiene aún más ventajas que la omnívora y ninguno de sus inconvenientes, ¿quién puede querer, en esta época mediatizada y sobreinformada, seguir suicidándose consciente y lentamente? 



                                
Reflexionemos un instante: si la proteína animal es tan beneficiosa y vital en todas las etapas de la vida, ¿por qué cuando alguien tiene una enfermedad grave o mortal la carne y los alimentos de origen animal son los primero que el medico prohíbe de su dieta?

La primera acepción de alimento es “Sustancia nutritiva que toma un organismo o un ser vivo para mantener sus funciones vitales”. Desde esta definición la carne no sería un alimento, porque no nos ayuda a mantener de forma óptima y duradera nuestras funciones vitales. Un alimento debería alargar y mejorar nuestra vida, prevenir males y convertirse en nuestra medicina, en lugar de ser un veneno que nos mata lentamente. Porque, como decía Hipócrates, "Que tu medicina sea tu alimento, y el alimento tu medicina”.

¿Tú haces de tu dieta tu medicina?






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Thursday, April 16, 2015

Lost in translation



Algún día tenía que ocurrir. Pasar por delante del puesto de sushi del supermercado, ese que muy puñetera y estratégicamente han situado al ladito de la sección de frutas y verduras, tarde o temprano te obliga a enfrentarte a cierto comprometido ofrecimiento. Y ese día tenía que ser hoy.

“¡Prueba, prueba!”, me espetó un japonés bonachón de edad indefinida, mientras sostenía, exultante, una elaborada bandeja multicolor. Preparada, desde hace semanas, para tan incómodo momento, confieso que incluso tenía una respuesta preparada en mi japonés macarrónico (en Japón, al parecer, aún no existe el término “vegano” o “soy vegano”. Para comunicar que se sigue este régimen alimenticio uno tiene que decir  “Soy muy vegetarian@” o "sugoku vegetarian desu”). Y, antes de darme cuenta, se la solté, como quien suelta, aliviado, un paraguas al final de un largo día lluvioso.

El hombre me miró, extrañadísimo, como si hubiera descubierto, de repente, que tengo tres cabezas. Cuando ya había dado por zanjado el asunto y me había alejado un par de pasos del puesto, volví a escuchar, un “¡prueba, prueba!” a mi espalda con marcadísimo acento japonés. “Sugoku vegetarian desu”, insistí. “¡Prueba, prueba!” contraatacó él, obstinado y casi ofendido. “¡Que no como animales!”, espeté, en un volumen bastante menos discreto del que me habría gustado. Pause y mirada del más profundo y desarmante estupor.




Confieso que, llegados a ese punto, me dio un ataque de risa. Era obvio que su español era tan o más macarrónico que mi japonés, así que nos encontrábamos ante un verdadero e inevitable diálogo de besugos. Me marche pitando antes de que al perseverante hombre, bandeja en mano, se le ocurriera perseguirme por el super. Confieso con tristeza que nunca sabré si:

    A)    Mi japonés es tan patético que ni siquiera un nativo llega a entenderme.    

     B)    El tipo no sabía lo que era ser “muy vegetariano” (o le importaba tres palillos).
                            
    C)    O si entendía perfectamente a lo que me refería e insistía en ofrecerme un rollito de sushi 100% vegetal.


Llámenme pesimista, pero yo apuesto por A y B...


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