Thursday, April 16, 2015

Lost in translation



Algún día tenía que ocurrir. Pasar por delante del puesto de sushi del supermercado, ese que muy puñetera y estratégicamente han situado al ladito de la sección de frutas y verduras, tarde o temprano te obliga a enfrentarte a cierto comprometido ofrecimiento. Y ese día tenía que ser hoy.

“¡Prueba, prueba!”, me espetó un japonés bonachón de edad indefinida, mientras sostenía, exultante, una elaborada bandeja multicolor. Preparada, desde hace semanas, para tan incómodo momento, confieso que incluso tenía una respuesta preparada en mi japonés macarrónico (en Japón, al parecer, aún no existe el término “vegano” o “soy vegano”. Para comunicar que se sigue este régimen alimenticio uno tiene que decir  “Soy muy vegetarian@” o "sugoku vegetarian desu”). Y, antes de darme cuenta, se la solté, como quien suelta, aliviado, un paraguas al final de un largo día lluvioso.

El hombre me miró, extrañadísimo, como si hubiera descubierto, de repente, que tengo tres cabezas. Cuando ya había dado por zanjado el asunto y me había alejado un par de pasos del puesto, volví a escuchar, un “¡prueba, prueba!” a mi espalda con marcadísimo acento japonés. “Sugoku vegetarian desu”, insistí. “¡Prueba, prueba!” contraatacó él, obstinado y casi ofendido. “¡Que no como animales!”, espeté, en un volumen bastante menos discreto del que me habría gustado. Pause y mirada del más profundo y desarmante estupor.




Confieso que, llegados a ese punto, me dio un ataque de risa. Era obvio que su español era tan o más macarrónico que mi japonés, así que nos encontrábamos ante un verdadero e inevitable diálogo de besugos. Me marche pitando antes de que al perseverante hombre, bandeja en mano, se le ocurriera perseguirme por el super. Confieso con tristeza que nunca sabré si:

    A)    Mi japonés es tan patético que ni siquiera un nativo llega a entenderme.    

     B)    El tipo no sabía lo que era ser “muy vegetariano” (o le importaba tres palillos).
                            
    C)    O si entendía perfectamente a lo que me refería e insistía en ofrecerme un rollito de sushi 100% vegetal.


Llámenme pesimista, pero yo apuesto por A y B...


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Thursday, October 09, 2014

Yo también soy Excalibur




¿En qué momento Excalibur dejó de ser un miembro más de la raza perruna? Todo comenzó cuando Javier L.R., su humano y marido de Teresa, la enfermera infectada por el virus del ébola, hizo un llamamiento urgente y desesperado desde el hospital en el que permanece en cuarentena. Pedía que salvasen a su perro Excalibur, el tercer miembro de su familia, y al que un juez había decretado asesinar “por precaución” sin su consentimiento, sin someterlo a ninguna miserable prueba previa o tratamiento. Aseguraba, además, que le habían mentido, que el destino de su adorado animal, en principio, iba a ser otro: aislamiento y observación, prácticamente el mismo al que se sometería el mismo.




Su llamamiento fue escuchado por las asociaciones animalistas y el partido PACMA, pero nadie, ni el propio Javier, ni los (cuatro) animal lovers que existimos en este país, pudieron prever una respuesta solidaria tan contundente y monumental, incluso fuera de nuestras fronteras. Y es que nunca se había visto nada semejante. Tras el hashtag #SalvemosAExcalibur, trending topic mundial y a un ritmo mega-ultra viral, incluso para las redes sociales, el cánido pasó de ser el querido can de la primera enferma de ébola fuera del continente africano, a convertirse en otra cosa. Él no lo sabía, no podía sospecharlo mientras se paseaba inquieto, tras dos días de alarmante soledad, por la casa abandonada (probablemente, con esa intuición tan perruna/gatuna que le advertía de algún peligro inminente), pero se había convertido, no sólo en un símbolo, sino en todo un movimiento.




Excalibur ya no era una mascota querida, el miembro no humano de la primera familia infectada (una familia cuyo sufrimiento y terror, en estos momentos, no queremos ni podemos imaginar), ni un ser vivo único y valioso que merecía el mismo respeto y cuidado que los enfermos humanos, Excalibur, con su inocencia y pureza perrunas de 24 quilates, de repente, pasó a encarnar a toda víctima de la injusticia, abuso, opresión, maltrato, humillación y ninguneo más brutal y absoluto: o séase, a todos nosotr@s. Todos somos Excalibur, y todos llevamos demasiado tiempo siendo Excalibur. El vil e injustificado asesinato de este can, en el inconsciente colectivo, era la última gota de un maremoto de abrumadoras injusticias, por eso nos lanzamos a las redes sociales y a las calles. De alguna manera, salvar la vida de ese pobre perro potencialmente infectado (probablemente más sano que una manzana Golden recién cogida del árbol), era un contundente “¡Basta ya!”, además de un ejercicio de empoderamiento ciudadano y una, en muchos casos inconfesa, débil llama de esperanza.




De nada sirvieron los consejos científicos de los colegios de veterinarios, de grandes expertos en enfermedades víricas y del mayor especialista de los efectos del ébola en animales que existe (que incluso argumentaba que el can podía contener la clave de una potencial cura). Tampoco surtieron efecto los miles de gritos y súplicas, sumadas a las de su familia, instando al sentido común y a la compasión recogidos a lo largo y ancho del mundo, Excalibur estaba condenado a muerte desde el momento en el que el test de Teresa dio positivo. Y no se trata solo de la cruel e inhumana respuesta a una larga serie de incompetencias, es el “spanish way” o la “marca España”. Cada vez que un animal no humano supone una molestia, de cualquier tipo, la única solución, por muchas alternativas compasivas que haya, es el asesinato. Sucede con perros, con gatos, con ratas y con palomas, entre otros animales, todos los días, a todas horas. 




Me resulta imposible no recordar un diálogo de la película Magical Girl, aún por estrenar, en el que uno de sus personajes sostiene la hipótesis de que la continuidad de los toros en España se debe a que, como país, aún no ha decidido si es racional o emocional. Decisiones inútiles, crueles y retrógradas como el asesinato de Excalibur refuerzan esta hipótesis. España (o, más bien las personas que lo gobiernan) es un país profundamente emocional, pero no en el sentido de empatía, compasión, inteligencia emocional o sensibilidad, sino en sus acepciones más garrulas, cafres y propias del medievo, como son irracionalidad, crueldad, bestialidad, terror y oscurantismo. Nunca “medida preventiva” había sonado tan falso y artificioso, tan profundamente insultante. Señores y señoras del PP, a partir de aquí se baja hasta el último viajero con conciencia que les quedaba. Hemos rebasado el número de eufemismos y abusos que podemos aguantar.





Uno de los refranes españoles más cutres, casposos y especistas sentencia “Muerto el perro, se acabó la rabia”. Pues bien, con la ejecución de un inocente “por si acaso”, no han acabado con la rabia, ni muchísimo menos (más bien exactamente lo contrario). Lo que sí han conseguido, además de colocar otro clavo en su tumba electoral, es mermar, aún más si cabe, la ilusión y la esperanza.

Descansa en la ciudad arcoiris, tierno Arturo. Ningún humano conocido se ha ganado ni, posiblemente, se gane jamás, semejante paraíso. 


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Monday, September 01, 2014

Arturo o la inconsolable soledad de un rey forzoso




Hace una década los creadores (o ilusionistas) de Lost sorprendieron al mundo con una de las mayores paradojas etológicas posibles: situar a un oso polar en una isla tropical. Más allá de este cruel y efectista “truco de magia”, no poc@s nos planteamos las condiciones y consecuencias de semejante incongruencia, amparados por la ingenua convicción de que ese experimento jamás podría realizarse en el mundo real. Sin embargo, la realidad, una vez más, había superado a la ficción y muy pocos lo sabíamos. Ese oso polar ya existía y vivía en Argentina.




Arturo tiene casi 29 años y desde hace dos décadas malvive en un “cuchitril-camisa de fuerza” del zoo de Mendoza, soportando temperaturas de hasta 40 grados (en condiciones naturales, un oso polar puede vivir a una temperatura de -40º) y con un charco mugroso de 2 metros de profundidad como cruel recordatorio de la vida que no tuvo. Y es que nunca ha sido libre. Llegó desde un zoo de Colorado para ser el compañero de Pelusa, su desdichada compañera osuna. Cuando esta falleció, hace dos años, el delicado hilo que sujetaba su precaria salud mental se quebró. La grave depresión que padece unida a su cada vez más deteriorada salud, han ido de la mano de sus dos desafortunados títulos mundiales: el de “el animal más triste del mundo” y el de “el único oso polar de Argentina” (en diciembre de 2012 otro oso polar, que vivía en las mismas deplorables condiciones, murió presa del calor en Buenos Aires).





Arturo es un rey forzoso en un trono de cemento que está pidiendo su abdicación a gritos. Su pelaje hace tiempo que dejó de ser blanco, suele pasarse horas abatido y completamente inmóvil y la mayoría de sus movimientos se reducen a preocupantes estereotipias (movimientos, posturas o voces repetitivos o ritualizados característicos de los animales que viven en cautividad) que rasgan el corazón y hielan el alma de cualquiera que tenga la oportunidad de verlo y merezca el calificativo de humano.




Su dramática situación, sin embargo, ha traspasado las fronteras de Argentina. La desesperación de Arturo ha conmovido e indignado a tantas personas a lo largo y ancho del planeta, que una campaña internacional, dirigida a la presidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner, ya ha sumado más de 400.000 firmas y pretende, contra viento y marea, trasladar al pobre animal al Parque Zoológico Assiniboine de Canadá (que se ha ofrecido varias veces a acogerlo), donde le espera un hábitat natural y una vida digna. Sin embargo, en Mendoza, sus dudosos especialistas (no permiten que ningún experto ajeno al zoo lo examine) aseguran que Arturo no sobreviviría al viaje, por culpa de su avanzada edad y su débil sistema inmunológico. Y es que cualquier excusa es válida para mantener pegada a la corona al célebre (y rentable) monarca del zoo.




Como contraataque, figuras internacionales se han ofrecido a hablar por Arturo. Entre otros, el excandidato presidencial republicano Newt Gingrich también se sumó, vía Facebook, a la campaña internacional para salvar al maltratadísimo oso polar. "Si usted ama a los animales como yo los amo, usted firmará la petición para salvar a Arturo", dice Gingrich en el vídeo. "Es una situación muy triste y hay que salvarlo". Aunque tal vez su defensora más acérrima sea la cantante Cher, quien a través de twitter ha dejado más que clara su posición a la presidenta Fernández de Kirchner:

"¿No lloras por él, Argentina? ¿No tiene lágrimas Cristina Fernandez de Kirchner por el torturado oso polar Arturo? Sus manos quedarán manchadas con su sangre cuando él muera", afirmaba rotunda.




La presidenta, ante la presión internacional, argumenta con indiferencia, desprecio y un bochornoso especismo, que “tiene otras prioridades antes que salvar a un oso”, como si la liada madeja de los conflictos y compromisos humanos justificase evitar un acto de humanidad perfectamente realizable hacia otra especie.

Arturo, que probablemente cambiaría toda su triste existencia por compartir el destino de cualquier oso libre (incluso por la de aquellos que ven amenazada seriamente su supervivencia), no sólo ha reabierto el (necesario) debate sobre la más que dudosa función de los zoos, sino que ejemplifica, tristemente, la postura indiferente, cruel, ofuscada y soberbia que el mundo mantiene, no sólo hacia el animal más amenazado del planeta, sino hacia el mismísimo cambio climático.  Arturo, muy a su pesar, se ha convertido en un termómetro más de nuestra ceguera e inhumanidad. Si seguimos presionando, ¿tendrá Arturo la oportunidad de vivir fuera de Camelot durante los años que le quedan de vida? ¿Podrá finalmente convertirse en un oso en lugar de un sufrido prisionero-fantasma? Confiemos en que estas preguntas no queden sin respuesta, como muchos de los ilusorios interrogantes que nos dejó Lost.





[Arturo se ha convertido en una de mis espinas animalistas más dolorosas desde que conocí su caso. No pido que le dediquéis una actualización o mandéis un e-mail a la “super presi”, pero, ¡please, firmad, tuitead, difundid su caso! ¡echadle una pequeña zarpa! Nos cuesta tan poco ser solidari@s.]


Peticiones para salvar a Arturo:










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Más formas de ayudar a Arturo 



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