Monday, September 01, 2014

Arturo o la inconsolable soledad de un rey forzoso




Hace una década los creadores (o ilusionistas) de Lost sorprendieron al mundo con una de las mayores paradojas etológicas posibles: situar a un oso polar en una isla tropical. Más allá de este cruel y efectista “truco de magia”, no poc@s nos planteamos las condiciones y consecuencias de semejante incongruencia, amparados por la ingenua convicción de que ese experimento jamás podría realizarse en el mundo real. Sin embargo, la realidad, una vez más, había superado a la ficción y muy pocos lo sabíamos. Ese oso polar ya existía y vivía en Argentina.




Arturo tiene casi 29 años y desde hace dos décadas malvive en un “cuchitril-camisa de fuerza” del zoo de Mendoza, soportando temperaturas de hasta 40 grados (en condiciones naturales, un oso polar puede vivir a una temperatura de -40º) y con un charco mugroso de 2 metros de profundidad como cruel recordatorio de la vida que no tuvo. Y es que nunca ha sido libre. Llegó desde un zoo de Colorado para ser el compañero de Pelusa, su desdichada compañera osuna. Cuando esta falleció, hace dos años, el delicado hilo que sujetaba su precaria salud mental se quebró. La grave depresión que padece unida a su cada vez más deteriorada salud, han ido de la mano de sus dos desafortunados títulos mundiales: el de “el animal más triste del mundo” y el de “el único oso polar de Argentina” (en diciembre de 2012 otro oso polar, que vivía en las mismas deplorables condiciones, murió presa del calor en Buenos Aires).





Arturo es un rey forzoso en un trono de cemento que está pidiendo su abdicación a gritos. Su pelaje hace tiempo que dejó de ser blanco, suele pasarse horas abatido y completamente inmóvil y la mayoría de sus movimientos se reducen a preocupantes estereotipias (movimientos, posturas o voces repetitivos o ritualizados característicos de los animales que viven en cautividad) que rasgan el corazón y hielan el alma de cualquiera que tenga la oportunidad de verlo y merezca el calificativo de humano.




Su dramática situación, sin embargo, ha traspasado las fronteras de Argentina. La desesperación de Arturo ha conmovido e indignado a tantas personas a lo largo y ancho del planeta, que una campaña internacional, dirigida a la presidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner, ya ha sumado más de 400.000 firmas y pretende, contra viento y marea, trasladar al pobre animal al Parque Zoológico Assiniboine de Canadá (que se ha ofrecido varias veces a acogerlo), donde le espera un hábitat natural y una vida digna. Sin embargo, en Mendoza, sus dudosos especialistas (no permiten que ningún experto ajeno al zoo lo examine) aseguran que Arturo no sobreviviría al viaje, por culpa de su avanzada edad y su débil sistema inmunológico. Y es que cualquier excusa es válida para mantener pegada a la corona al célebre (y rentable) monarca del zoo.




Como contraataque, figuras internacionales se han ofrecido a hablar por Arturo. Entre otros, el excandidato presidencial republicano Newt Gingrich también se sumó, vía Facebook, a la campaña internacional para salvar al maltratadísimo oso polar. "Si usted ama a los animales como yo los amo, usted firmará la petición para salvar a Arturo", dice Gingrich en el vídeo. "Es una situación muy triste y hay que salvarlo". Aunque tal vez su defensora más acérrima sea la cantante Cher, quien a través de twitter ha dejado más que clara su posición a la presidenta Fernández de Kirchner:

"¿No lloras por él, Argentina? ¿No tiene lágrimas Cristina Fernandez de Kirchner por el torturado oso polar Arturo? Sus manos quedarán manchadas con su sangre cuando él muera", afirmaba rotunda.




La presidenta, ante la presión internacional, argumenta con indiferencia, desprecio y un bochornoso especismo, que “tiene otras prioridades antes que salvar a un oso”, como si la liada madeja de los conflictos y compromisos humanos justificase evitar un acto de humanidad perfectamente realizable hacia otra especie.

Arturo, que probablemente cambiaría toda su triste existencia por compartir el destino de cualquier oso libre (incluso por la de aquellos que ven amenazada seriamente su supervivencia), no sólo ha reabierto el (necesario) debate sobre la más que dudosa función de los zoos, sino que ejemplifica, tristemente, la postura indiferente, cruel, ofuscada y soberbia que el mundo mantiene, no sólo hacia el animal más amenazado del planeta, sino hacia el mismísimo cambio climático.  Arturo, muy a su pesar, se ha convertido en un termómetro más de nuestra ceguera e inhumanidad. Si seguimos presionando, ¿tendrá Arturo la oportunidad de vivir fuera de Camelot durante los años que le quedan de vida? ¿Podrá finalmente convertirse en un oso en lugar de un sufrido prisionero-fantasma? Confiemos en que estas preguntas no queden sin respuesta, como muchos de los ilusorios interrogantes que nos dejó Lost.





[Arturo se ha convertido en una de mis espinas animalistas más dolorosas desde que conocí su caso. No pido que le dediquéis una actualización o mandéis un e-mail a la “super presi”, pero, ¡please, firmad, tuitead, difundid su caso! ¡echadle una pequeña zarpa! Nos cuesta tan poco ser solidari@s.]


Peticiones para salvar a Arturo:










Página sobre Arturo en Facebook 



Twitter

Tuitea ‘the world is watching. #freearturo o #SaveArturo a @CFKArgentina @CasaRosadaAR



Más formas de ayudar a Arturo 



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Tuesday, March 04, 2014

El diablo también viste de seda



(Os propongo un ejercicio: valorar el vestido protagonista, antes y después de leer este artículo).

La actriz y modelo Olga Kurylenko, chica Bond en Quantum of solace, chica Cruise en Oblivion y chica Malick en To the wonder, destacó favorablemente en la alfombra roja de la última edición de los Oscars, no por engrosar la lista de las best dressed, sino por ser la única en lucir un vestido y complementos 100% ecológicos.

Aunque el outfit color fresa-colar y confeccionado en seda orgánica, ha sido diseñado  por Alice Elia, en realidad, ha sido creado como parte de la campaña Red Carpet Green Dress liderada por Suzy Amis Cameron, la esposa de James “soy super ecologista de la muerte pero derrocho el agua del Nilo en cada una de mis películas” Cameron.




Al parecer, la campaña ya va por su quinto año y su objetivo, en  cada edición, es mostrar al mundo la creación de un diseñador eco-friendly, aprovechando el escaparate insuperable que supone la red carpet del tito Oscar. Al vestido lo complementaban unos zapatos veganos de edición limitada, producto de la colaboración entre PETA y la marca británica y ética de calzado Beyond Skin y un eco-cluch de la marca Oroton.

Lo que convierte en orgánico el vestido de Olga, además de la seda 100% orgánica, es el hecho de estar teñido por Sappanwood, una legumbre cultivada de forma sostenible que produce un característico tinte rojizo. Como se puede apreciar, la guapa actriz también estuvo acompaña por el también eco-abanderado Kellan Lutz, cuyo macizo-vampírico cuerpo ha tenido el privilegio de inaugurar la línea masculina de la famosa campaña.




Y lo que casi todo el mundo se pregunta ante este agradecido bio-despliegue es, ¿qué tiene de ecológico un vestido de seda? ¿acaso ese delicado material no es orgánico de por sí? Y es que, desgraciadamente, muy poca gente es realmente consciente de que, al igual que los cerdos, las vacas y los pollos, entre otros sufrientes esclavos no humanos, anualmente cientos de millones de gusanos de seda son criados en granjas y asesinados con la excusa de obtener tan preciado material (entre 2000-3000 gusanos son aniquilados para producir 500 gramos de seda).

Antes de la fase de la metamorfosis en la que los gusanos Bombyx Mori se transformar en polillas, estos fabrican fibras para construir sus capullos. De forma natural, cuando son libres, las polillas se abren camino a mordiscos hasta que completan su transformación. El “problema” que este proceso le supone a la industria de la seda, es que las fibras masticadas son mucho más cortas y de menos valor que el capullo intacto. Por lo tanto, ¿qué método han creado para conseguir el máximo beneficio posible, comiéndose, de paso, cualquier rastro de moralidad con patatas?




Cuando los gusanos se encuentran aún en estado larvario, después de haber sido alimentados con una dieta estricta de hojas de mora, se los coloca, aún vivos, en agua hirviendo, lo cual, además de asesinarlos de forma agónica y atroz, agiliza el proceso de desenredar el capullo de seda.

Ahimsa, otro método de producción algo menos sádico, no incluye la escalofriante y brutal muerte de los gusanos, aunque plantea problemas éticos concernientes a su domesticación y esclavización en las granjas (las polillas adultas no pueden volar porque sus cuerpos son demasiado grandes, mientras que los machos son incapaces de comer ya que la boca y sus conductos nunca llegan a desarrollarse).




Llegados a este punto, solo queda preguntarse, ¿es que no es posible encontrar métodos alternativos o crear fibras artificiales en lugar de torturar y masacrar a miles de gusanos cada año? Afortunadamente, las hay. Para los no veganos existe Peace silk, un comercio cruelty free ubicado en la India, que supone una alternativa ética y sostenible en la producción de seda. Como no podía ser de otra manera, los capullos son recogidos a mano, una vez que las polillas los han abandonado, por lo tanto, ya no hay cautivos ni víctimas. La buena noticia es que cada vez más diseñadores (entre los que posiblemente se encuentre Alice Elia, la creadora del traje de Kurylenko) optan por este ético y lógico método (una rápida búsqueda en internet revela las empresas involucradas en este nuevo comercio, así que ya no hay excusa para no comprar bio-seda).




Sin embargo, los vegan@s también estamos de enhorabuena. Ya existen alternativas sintéticas que merece la pena explorar, como el lyocell, el algodón de seda, los filamentos de árbol de Ceiba o las semillas de cardo lechoso.

Y, para cerrar el círculo, os sugiero que volváis a echarle un nuevo vistazo al vestido de Kurylenko, ¿a que ahora os resulta mucho más bonito?








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Thursday, January 30, 2014

¿Dónde mueren las bolsas de plástico?



La imagen nos es tan familiar que hemos dejado de prestarle atención. Además de en época de rebajas, la observamos habitualmente a través de la pantalla grande o pequeña, con cierta envidia y/o rencor. Suele formar parte de la escena de una película o de una serie: una mujer (normalmente joven y de muy buen ver) sale de una tienda cool (o varias) sonriente, satisfecha y, sobre todo, cargadíta de bolsas.




Síndrome Pretty Woman o Carrie Brashaw

Sabemos que no se trata de simples adquisiciones, sino que esa voracidad saciada de “cosas bonitas” subraya el hecho de que la protagonista está atravesando algún tipo de cambio vital importante, de subidón de autoestima o de empowerment, en cualquiera de sus formas.  Y así, de la forma más tonta, la publicidad y el cine han conseguido que asociemos pavlovianamente las bolsas de las tiendas de ropa a trofeos e indicadores de felicidad y de estatus.

Llevarlas en la mano públicamente, además, proporciona cierta satisfacción exhibicionista y las cadenas de ropa del mundo adoran endosárnoslas a la primera de cambio, porque, ¿quién podría resistirse a semejante publicidad barata? Como consumidores, no hay lugar para titubeos o consideraciones. Con reutilizarla y/o reciclarla se nos van los posibles remordimientos ecologistas, ¿no es cierto?






Donde realmente mueren las bolsas

Sin embargo, hay una cruda realidad que debemos asumir como consumidores: menos del 1% de las bolsas de plástico son recicladas. Hoy día, resulta mucho más caro reciclar una bolsa que fabricar una nueva (cuesta 4000 $ procesar y reciclar una tonelada de bolsas que luego pueden ser vendidas por sólo 32 $). ¿Adónde van las bolsas que inconsciente y cándidamente “reciclamos”, entonces?

Un escalofriante estudio demostró a mediados de los 70 que los barcos que cruzan los océanos arrojan casi 4 millones de kilos de plástico por año (por aquello de no “desbordar los basureros”). Desgraciadamente, en la actualidad, los métodos de gestión de basura no han cambiado demasiado.






La muerte de una bolsa, sin embargo, no necesariamente sucede en el mar. Arrastradas por el viento, muchas llegan a mares, lagos, ríos, tuberías y cloacas de todos los rincones del planeta (hay bolsas flotando al norte del Círculo Ártico, y tan al Sur como las islas Malvinas).

Muchas de esas bolsas (no todas son biodagradables, desgraciadamente) se fotodegradan, así que, con el tiempo, se convierten en petro-polímeros, sustancias más pequeñas y tóxicas que contaminan tierras y vías acuíferas y que, finalmente, acaban irremediablemente en la cadena alimenticia.




El impacto de las bolsas de plástico (y de los plásticos, en general) en nuestros hermanos animales es catastrófico y devastador (además del otro gran impacto medioambiental: 12 millones de barriles de petroleo son necesarios para fabricar 100 billones de bolsas). Muchas especies (especialmente las aves), mueren enredadas en ellas y se ha calculado que una media de 200 especies marinas, incluyendo ballenas, delfines, focas y tortugas, mueren a causa de las finalmente letales bolsas (bien enredándose en ellas o bien confundiéndolas con comida).




¿Qué podemos hacer para evitarlo?

Poco a poco y a regañadientes, nos vamos acostumbrando a volver a los 60, o séase, a llevar nuestras bolsas o nuestro “carrito marujil” cada vez que vamos a supermercado. Sin embargo, no mostramos ningún reparo en aceptar alegremente las bolsas que nos dan en otro tipo de establecimientos, como las tiendas de ropa, a pesar de que llevemos un bolso generoso o ya llevemos otra/s en la mano. ¿A qué viene tanta inconsciencia derrochil?




En mi ciudad los dependientes de mis tiendas habituales hace tiempo que me deben haber apodado “la loca de las bolsas”. Cada vez que realizo una compra y, de forma mecánica, se disponen a coger el plastiquito me marras, yo reclamo decidida un “¡no me pongas bolsa!”. Los que aún no me conocen, me sonríen extrañados a modo de asentimiento o me saltan un “Ya llevas unas cuantas, ¿no?” a forma de posible explicación. Ni siquiera se les pasa por la cabeza que ese inusual y casi rebelde acto tiene bastante más que ver con un afán ecologista que con un alarde de extravagancia.







Mis dos opciones ahorra-bolsa

Dependiendo de lo práctico, rebelde o asertivo que se sea, se puede:

      A) Llevar una bolsa monísima de tela/plástico siempre en el bolso y no tener ningún reparo en utilizarla para guardar tu última adquisición, sea del tipo que sea.

      B) Tener siempre (especialmente en rebajas o cuando sabes que vas a ir a un establecimiento concreto) una bolsa de cada tienda habitual y reutilizarla una y otra vez. De esa forma, los dependientes se extrañaran menos (puede que, incluso, les haga gracia o te clasifiquen como cliente super habitual) y tú te sentirás menos violent@ con tu boicot plastiquil.






Si no nacen, no tendrán que morir

Estamos educados en la cultura del derroche y nos resistimos a ver las consecuencias de nuestros actos, a responsabilizarnos o a reeducarnos en nuestros hábitos, especialmente si estos nos suponen algún esfuerzo. Sin embargo, un simple gesto de ahorro diario individual puede hacer maravillas. Si una persona se apuntara al “¡no me pongas bolsa!”, ahorraría, aproximadamente, 6 bolsas de plástico a la semana. Lo que supondría, lógicamente, unas 24 bolsas al mes, alrededor de 288 bolsas al año y (¡atención, atención!)… ¡22.176 en toda una vida!





Confieso que hubo un tiempo, años ha, en que mi poca asertividad me hacía sentir violenta/avergonzada al negarme a consumir bolsas (pensaba que los dependientes me iban a poner mala cara o a mirar como a una freak). Sin embargo, no tenía más que recordar los datos expuestos más arriba (con sus imágenes terribilis) para sentir que era esa realidad invisible lo que realmente me avergonzaba, la que me resultaba tan imperdonable como fácilmente evitable.




¿Y tú? ¿Te apuntas a  evitar que mueran las bolsas?



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