Wednesday, September 18, 2013

Calcula tu huella ecológica


 

Sorpresa. Espanto. Terror. Esas son las palabras que mejor definen el shock que experimenté al descubrir mi huella ecológica. De hecho, una parte de mí aún se niega a creer que una persona vegana, concienciadísima con los problemas medioambientales, que no malgasta una sola gota de agua y que recicla todo lo reciclable, necesitaría, según su estilo de vida y hábitos de consumo, 1’51 planetas para vivir. Y es que resulta escalofriante saber que un@ mism@, a pesar de sus esfuerzos, está viviendo por encima de sus eco-posibilidades (si todos vivieran como yo, necesitaríamos más de un planeta y medio). ¿Qué estoy haciendo mal?
Puede que, en ocasiones, los veganos nos relajemos y confiemos en el hecho de que nuestra dieta sea un agente compensador lo suficientemente potente como para equilibrar otras cosillas que no hacemos tan bien. Al fin y al cabo, el sector ganadero genera más gases de efecto invernadero que ningún otro (un 18% más de CO2 que el sector del transporte). Y también es una de las principales causas del calentamiento del planeta, la degradación de las tierras, la contaminación atmosférica y del agua, y la pérdida de biodiversidad.
 



Para calcular nuestra huella ecológica hay que tener en cuenta nuestra huella de carbono. Para ello necesitamos tener en cuenta el país en el que vivimos, el clima de la zona, el tamaño de nuestra casa y la cantidad de personas con las que convivimos. Luego hay que valorar el tipo de fuentes de energía utilizadas, el número de kilómetros que viajamos al año y el tipo de transporte utilizado.
Solemos confiar en que reciclar y ahorrar agua y electricidad es la base de la eco-eficiencia, pero la mayoría de nuestros gestos resultan de lo más insuficientes. Nuestra huella de carbono la definen los dispositivos de ahorro energético de los que disponemos (bombillas y electrodomésticos de bajo consumo, sistemas de ahorro de agua, aislantes térmicos y demás) y nuestros hábitos (mantener el termostato bajo en invierno, apagar las luces y ordenadores cuando no se usan, desenchufar aparatos que no se necesiten, secar la ropa al aire libre, etc).
 
 
 
 
La huella de alimentos, por otra parte, se define por nuestro tipo de alimentación (carnívora, omnívora, vegetariana o vegana), los comercios donde se adquieres (no es lo mismo un hiper que una tienda pequeña o mercado en la que los productos son locales) y la cantidad de comida que ingerimos diariamente.
También se valora la huella de alojamiento. Hay grandes diferencias entre vivir en una casita en el campo y hacerlo en un enorme bloque de apartamentos, lógicamente, pero la cosa no queda solo ahí. ¿Nuestra casa o alguna parte de la misma ha sido construida con materiales reciclados, madera con certificación de origen de un cultivo sostenible o cualquier otra característica de diseño ecológico? ¿Aproximadamente, qué porcentaje del mobiliario de nuestro hogar es de segunda mano o fabricado con materiales reciclados o bien producidos de forma sostenible? ¿con que frecuencia utilizamos materiales de limpieza biodegradables o no tóxicos? ¿qué dispositivos concretos para ahorrar agua tenemos instalados? No sé vosotros, pero, en mi caso, viviendo en una casa “viejuna” en la que "yo no pongo las reglas" y los electrodomésticos duran décadas, suspendo en todas estas cuestiones.




En la huella de bienes y servicios, en cambio, saco buena nota. Algo bueno tiene que tener el hábito de estar continuamente apretándose el cinturón: consumes lo justo y necesario. No compro ningún aparato hasta que se estropea (mi móvil de hace 7 años y mi difunto ordenador de 12 lo atestiguan), lo reciclo todito todo y compro productos reciclados/naturales/orgánicos siempre que puedo.
Esto es todo lo que tiene en cuenta este mejorable test (hay muchos, pero todos cojean de algo, y este es uno de los más completos que he encontrado). Sin embargo, lo más dramático de todo ha sido descubrir que estoy muy por debajo de la media nacional en todos los niveles. ¡Casi todo el mundo tiene una huella mayor! Más sorpresa, más espanto, más terror. Son este tipo de noticias las que me hacen tener pesadillas por las noches. Desgraciadamente, todos los países pudientes del mundo, sin excepción, por muy ecologistas que se vendan, tienen un promedio de entre 5 y 2 tierras por habitante. Ahí es nada.
 



Lo admito sin pudor: conocer este dato me ha traumatizado. Ya no puedo comprarme unos pantalones (un gasto de más de 60 € en ropa al mes es super anti-ecológico, fashionistas del mundo), aplicarme una mascarilla o hacer un viaje en coche (con un amigo, porque no tengo ni coche) sin sentir un escalofrío. No dejo de pensar en formas de reducir la dichosa huella, pero tengo la impresión de que mis esfuerzos y compromiso no serán suficientes y seguiré viviendo por encima de las posibilidades del planeta. Me cuesta ser optimista. ¿Estaré a tiempo de cambiar completamente mis hábitos?¿lo estaremos todos?


¿Te atreves a calcular tu propio impacto y/o a hacer algo para reducirlo?

 
 
 
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Wednesday, July 31, 2013

Happy fourth veganiversary!

 
 
 
 
“¿Dónde está la influencia que llevo tejiendo años en mi círculo, en mi familia, en las personas con las que convivo?” me preguntaba.
Y la influencia llegó en forma de paloma sobre la ventana.
Sus pies ya no eran suyos. Una apretada madeja de hilos los iba seccionando, implacablemente, milímetro a milímetro, en lenta e inimaginable agonía.
Ella no lo dudó y la tomó entre sus manos con tierna determinación quirúrgica. La paloma, exasperantemente mansa, no intentó defenderse con su pico y, salvó algún aleteo ocasional, apenas se movió. Y es que las palomas son como los neuróticos: ignoran la potencialidad de su propio equipaje.  
Torpe ayudante, me limité a estirar los pies del animalillo, mientras ella, tijera en mano, desenredada, seccionaba y liberaba. No le frenó ni mi respeto viral, ni mi miedo patológico a causar daño, ni mi asco. Cuando alzó de nuevo las alas de la ventana, aquella tarde, la paloma había recuperado totalmente la movilidad de un pie y parte del otro.
Y comprendí, tras aquella pequeña lección de humanidad, que mi supuesta influencia se había tejido antes que yo.
 
 
 

Happy veganiversary to me, but most importantly, happy life and free existence to all living things!
 
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Thursday, May 02, 2013

Cosas que no decir a un/a veg(etari)an@ #3: ¡Pues no sabes lo que te pierdes!




Te la digan en el contexto en el que te la digan, la “¡pues no sabes lo que te pierdes!” siempre está teñida de una insoportable mezcla de condescendencia y prepotencia que, como mínimo, provoca un pequeño sarpullido.
Al escucharla, la bordería asoma impaciente a los labios y resulta difícil contenerla, pero, en el fondo sabemos que recurrir a este arma, por muy placentero que resulte, casi nunca vale la pena.
 




El “perderse” algo es consecuencia, bien de una elección premeditada o de un obstáculo que no podemos/sabemos franquear, así que un recordatorio gratuito de aquello que ya sabemos, posee un retintín chulesco e innecesario.
Hasta hace muy poco, siempre me había tocado las narices que alguien me saltara con la frasecita de marras en referencia al jamón, el marisco, o cualquier otra delicatesen cadaveril. Al fin y al cabo, llevo decidiendo perderme ese algo desde que hace 17 años, aproximadamente. Recuerdo perfectamente mi etapa omnívoril, thank you very much.
 

 
 
 

La información desconocida y desafiante que atenta contra todo aquello que conocemos bien y damos por supuesto, siempre implica un reajuste o una disonancia cognitiva (es la batalla entre una idea nueva contra una tragada pero no masticada, que, en la mayoría de los casos, asumimos con inercia y mansedumbre). Así que, cuando alguien suelta “¡No sabes lo que te pierdes!”, en realidad, no se lo está diciendo a su interlocutor, sino que se lo está recordando a sí mism@. En el contexto veggie, recalcar la terrible renuncia a la que se vería sometido el paladar, privándose de los alimentos de origen animal (l@s vegan@s y vegetarian@s SÓLO comemos cosas insípidas, recuérdese), es un acto de reafirmación, un potentisimo e incuestionable punto a favor de la opción cómoda y conocida que no se quiere cuestionar, bien sea por temor, incomodidad, autoprotección y/o pereza al cambio.
 
 

Por lo tanto, cuando me dedican este comentario, en lugar de enfardarme, simplemente sonrío, y, a lo sumo, añado un sincero “Si nunca has probado mi opción culinaria, quien no sabe lo que se pierde, eres tú”.
 



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