Tuesday, November 17, 2020

Carta a mi yo del 2035

 




Aloha!

 

Te escribo a finales de 2020, en plena pandemia de Covid-19. Hasta la fecha, ha sido, con diferencia, el peor año de tu vida, a pesar de que la competencia con los años anteriores (especialmente el 2017), ha sido brutal. Me gustaría pensar que lo recuerdas como un mal sueño y que desde entonces han pasado cosas buenas y esperanzadoras para todxs, pero mi intuición me dicta que este principio de década solo ha sido el gran punto de inflexión, aquel en el que comienza a cumplirse la “profecía autocumplida” de tu nombre: el principio del fin.

A menudo siento una mezcla de envidia y lástima cuando leo y escucho los planes a largo plazo de la gente. Están convencidxs de que en los próximos 10 años, por ejemplo, podrán seguir comiendo exactamente lo mismo y viviendo, viajando y consumiendo de la misma irreflexiva e irresponsable forma. No puedo evitar pensar que o bien todas esas personas tienen un (elitista) planeta B reservado para cuando llegue el colapso, o bien desconocen, consciente o inconscientemente, la magnitud y gravedad de un problema que, irremisiblemente, ya nos está destrozando. 

 



Cuando somos muy jóvenes pensamos, ingenuamente, que lo peor que nos puede suceder es envejecer. ¿Acaso hay algo más devastador y doloroso que la pérdida paulatina de todo lo que somos y de los seres que más amamos? Sin embargo, en este convulso y terrorífico momento de la historia, a diferencia de todas las generaciones anteriores, sabemos que la respuesta a esa pregunta es afirmativa. Sí, hay algo peor que la pérdida de salud, esperanza, ilusiones, facultades, vínculos, oportunidades y seres queridos: que todo lo anterior ocurra en un planeta colapsado y devastado, mientras todo lo construido en 2000 años de civilización se derrumba.

No puedo ni comenzar a imaginar el infierno apocalíptico que supone ser testigo impotente de todo eso. Es, literalmente, tu peor pesadilla. Todas las causas que apoyas, esas por las que tú, y otrxs antes (y mejor) que tú, habéis batallado durante décadas (el antiespecismo, el feminismo, el antifascismo, el antirracismo, los derechos LGTBI, la eterna lucha contra la injusticia y opresión, en suma), no solo sufrirán una involución, sino que serán progresivamente aniquiladas por la guerra más acuciante, brutal y letal de todas: la supervivencia.




Hay tantas preguntas que me gustaría hacerte, pero que, al mismo tiempo, me aterran. ¿Hemos superado ya los 2 grados respecto al periodo preindustrial? ¿Cuándo se supo, con certeza, que habíamos alcanzado el punto de no retorno? ¿Cuántas guerras por recursos básicos han estallado? ¿qué zonas del planeta son aptas para la vida? ¿cuántas hambrunas y pandemias han sacudido ya el mundo? ¿es irreversible la progresiva muerte de los árboles? ¿cuántas especies han sobrevivido? ¿en qué año murió el Amazonas y el resto de paraísos naturales, básicos para la buena salud y supervivencia de la vida?                      

Ignoro si se han cumplido los peores pronósticos o solo los relativamente malos, pero no me cabe ninguna duda de que en 2035 la vida será infinitamente peor y extremadamente dura para todxs.




Tal vez te enfades conmigo al leer estas palabras y me envíes un tortazo retroactivo por no estar disfrutando de las cosas positivas que aún quedan en el mundo, a principios de la tercera década del siglo. Tú, desgraciadamente, ya no tienes ese lujo (de hecho, puede que no tengas ningún lujo). Probablemente, hayan desaparecido cosas que ahora damos por supuestas, como viajar o ir al cine. Seguro que ya no puedes cantar, escribir, ver películas, leer, pasear junto al mar, o perder el tiempo intentando absorber idiomas. Es posible que tengas que alimentarte de lo que se pueda y malvivir precariamente en algún punto del planeta en el que aún sea posible habitar (Deduzco que la vida en la península ibérica, siendo uno de los puntos más afectados por el colapso climático, será bastante complicada. Incluso en un norte que, siendo optimistas, por esas fechas ya tendrá un clima subsahariano).




Aquí y ahora, como ya sabes, nadie quiere asumir responsabilidades, ni cambiar de hábitos. Siempre recuerdo la metáfora de un periodista que aseguraba que la humanidad es como un coche que se acerca, cada vez a mayor velocidad, a un muro o un precipicio. El conductor es el sistema capitalista, diseñado para apretar el acelerador en cualquier circunstancia, incluso a pesar del riesgo de suicidio. El copiloto son los lobbies que lo alimentan, como los combustibles fósiles y la ganadería, mientras que en los asientos de atrás, formales y calladitxs, van los serviles, desinformadores y cómplices de ecocidio medios de comunicación, junto a lxs líderes mundiales o las personas que nos gobiernan (y que, supuestamente, toman las decisiones). Ese coche sin control tiene un remolque totalmente blindado en el que viajamos todxs lxs demás: los seres humanos y todxs lxs habitantes de este planeta. La buena noticia es que el cristal de ese remolque es cada día menos opaco y, poco a poco, aumenta el número de personas que pueden asomarse y ver el apocalíptico destino al que nos dirigimos. La mala es aún no son suficientes para amotinarse y tomar el control del vehículo.




A pesar de estar casi en 2021, tras dos brotes importantes, no hemos aprendido absolutamente nada del Covid-19. El mundo se empeña, ciega y estúpidamente, en combatir los síntomas de esta pandemia (de origen zoonótico, como todas las epidemias y el 70% de las nuevas enfermedades que han surgido en las últimas décadas) con vacunas, en lugar de eliminar radicalmente las causas: el consumo de (sub)productos animales y el capitalismo voraz. La mayoría de lxs activistas climáticos, empecinadxs en la eliminación de los combustibles fósiles, se niegan a asumir la relación entre cambio climático y ganadería (este lobby contamina ya más que todos los transportes del mundo juntos). No habrá esperanza, ni vida digna sin veganismo. Incluso eliminando hoy mismo, drásticamente, el uso de todos los combustibles contaminantes, no sería suficiente. El camino hacia un mundo habitable pasa por nuestros platos (según lxs expertxs, nada impacta más favorablemente en la salud del planeta que un viraje al veganismo), pero pocxs quieren renunciar al jamón. Nuestros hábitos alimenticios y el desprecio hacia el resto de los habitantes del mundo, aquí y ahora, nos están matando: en forma de pandemias (de origen animal, insisto), eliminando barreras de protección naturales, como selvas y bosques, provocándonos enfermedades cardíacas, hipertensión, colesterol desbocado, algunos tipos de cáncer, etc. Consumir productos animales no es solo asesinato, sino, directamente, un suicidio.




Por todo lo anterior, me resulta imposible no verme abducida por el pánico, la incertidumbre, el rencor y la ira. La eco-ansiedad me ha tomado por el cuello y, básicamente, no me deja vivir. Cada vez que intento mostrar el paisaje desde el remolque a las personas que me rodean, reaccionan, bien con ira, acusándome de negativismo y crudeza “por amargarles el día”, bien refugiándose en la ceguera o el autoengaño, metiendo la cabeza bajo la arena de su responsabilidad individual, negándose a cambiar o exigir responsabilidades (la extinction rebellion seguimos componiéndola, a escala global, cuatro gatxs).

La inacción suicida de las personas que conozco actúa como un potente elemento alienante. Cada vez me siento más sola, frustrada, enfadada e impotente, incapaz de relacionarme con esas personas desde un lugar que no sea el rencor. Seguro que lo recuerdas a la perfección. Al fin y al cabo, no sólo peligran los seres que defiendes e intentas liberar o la vida como la conoces, sino tu propia existencia. En una suerte de “conspiración suicida”, alimentada por lxs ecocidas para seguir contaminando impunemente, la gente no quiere asumir que nadie va a salvarnos. El sistema no se va a destruir él solo. Los lobbies criminales seguirán empujándonos al suicidio, lxs líderes mundiales harán todo lo posible por mantener el statu quo y los medios de comunicación continuarán sin hacer su trabajo, parapetados tras su asquerosa campaña de desinformación. La única esperanza que tenemos, aquí y ahora, es la rebelión de los ocupantes del remolque, pero estamos fallando estrepitosamente. Faltan demasiadas “Gretas”. Y es que (casi) todo el mundo quiere Gretas en el frente, pero nadie quiere serlo.




Sin embargo, aunque el panorama, en 2020, sea terrorífico y desolador, el tuyo debe ser mil veces peor. Si a mí me resulta muy difícil reunir fuerzas para levantarme cada mañana, sola, aislada, en plena pandemia, lejos de todo y de todxs, sufriendo por la inacción de lxs responsables del inminente desastre, no me quiero ni imaginar cómo debes vivir tú. Ya no eres joven y posiblemente las malas condiciones de vida y la mayor exposición a enfermedades, hayan acelerado tu envejecimiento. Bien pensado, tal vez ni siquiera sigas aquí. Hay demasiadas cosas en tu contra durante el apocalipsis climático: alguna pandemia (letal), la contaminación, la resistencia a los antibióticos, la aparición de nuevas enfermedades, la hambruna, etc. Es curioso. Abuela murió con 95 años. Ama con 73. Nosotras, posiblemente, muramos mucho antes. La involución tiene un sentido del humor bastante macabro.

Me gustaría pensar que, si sobrevives, no estarás abducida por el pánico, ni te habrás convertido en una máquina de odio y rencor hacia la humanidad (lo único bueno que se me ocurre es que, por esas fechas, nadie acusará a los activistas medioambientales de catastrofistas, ni se burlará del veganismo). Me gustaría que, para entonces, ya hubieras desarrollado “un padre y madre internos” poderosxs (cosa que yo no he conseguido en todos mis años de vida) que te cuiden y protejan. Pero, si se cumplen las peores expectativas, vivirás desgarrada, sobrepasada por el brutal desgaste del David vs Goliat. Hasta ahora has sido fuerte (no te ha quedado más remedio), pero la vida te ha puesto demasiados obstáculos, demasiada soledad y demasiadas tragedias. No tienes la ventaja del colchón emocional del que disfrutan la mayoría. Todxs tenemos un límite y es más que probable que tú ya lo hayas sobrepasado.




Espero que en estos 15 años consigas arrancar, aunque sea breve y subrepticiamente, algún momento de consuelo y felicidad. Espero que encuentres personas nutritivas, inspiradoras, creativas, empáticas y comprometidas que te apoyen y te acompañen donde necesites. Espero que ames y que te amen, en cualquiera de sus formas (el amor romántico, en tu caso, es una utopía). Espero que la amargura, la desesperanza, la ira, el dolor y el pánico no te arranquen todo lo bueno que has construido, tu humanidad o tu esencia (En 2020 estabas empezando a ser consciente de la fuerza de tu voz. No lo olvides. No lo pierdas). Por mi parte, espero aprender a quererte y mimarte como no lo he hecho hasta la fecha (maltratándote con pensamientos tóxicos, autosaboteos, sufrimientos, rumias, autoaislamiento, exigencias, autoindulgencia, negación sistemática de tus rasgos positivos, etc).

Confieso que te escribo todo esto desde el patético 0,01 % de esperanza que me queda. Confiando en que estés relativamente bien y que nada terrible e irreversible haya ocurrido, ni en el mundo, ni en tu vida. Aferrándome, estúpidamente, a la ilusión de que mis palabras sean como el contra-hechizo que bloquee la maldición de un/a magx o brujx.

Nunca olvides a Viktor Frankl y su resiliencia. Recuerda. Pase lo que pase, tengas la edad que tengas: Eres valiosa. Eres única. Eres fuerte. Eres creatividad, talento, voz y corazón. Tienes mucho que decir y caminar. ¡Por favor, lucha! No permitas que te arranquen todo eso, ni siquiera con el repique de las últimas campanas.

No te quiere lo suficiente, pero lo intenta,

 

Amaia.

 

 



***

 

Lectura imprescindible: La pandemia, la crisis climática y los animales: liberación total para evitar la extinción


Sunday, November 24, 2019

Lxs perrxs, el lenguaje y el inconsciente colectivo





“Cuídame como a tu perro es lo que soy” canta Diego de Carolina Durante en “El perro de tu señorío”, uno de los temas de su primer disco. La canción es una súplica desesperada y servil de un hombre por formar parte de la vida de la persona de la que está enamorado. Le pide que lo trate como a un objeto porque es lo que es, se ofrece a adelgazar y a ser llevado a todas partes, se conforma con ser mirado, no con amor, sino con la pena con la que se miran los desastres por la tele y asume que le abandonarán en la perrera de cualquier provincia cuando se cansen de él. Por si alguien no lo sabe, está canción no pertenece la década de los 80, sino que ha sido escrita por millennials hace, aproximadamente, un año.

La generación adulta más joven con la que convivimos, a pesar de la lenta pero progresiva lucha antiespecista y la creciente empatía hacia las especies no humanas, sigue teniendo introyectado aquello de que “Lx trató como a un perro”, oséase, muy mal, resulte lo habitual y aceptable. Al parecer, las relaciones humano-perrunas, en el inconsciente colectivo, se siguen viendo de una forma especista, jeraquizada y asimétrica en extremo. El perro o perra es un ser sumisx, obediente y solicitx, un/a esclavx dispuestx a dejarse, incluso, maltratar a cambio de unas migajas de cariño, mientras que el/la humanx, o "ama" o "amo" de la criatura, puede disponer del animal como le plazca, anteponiendo siempre sus deseos y necesidades, bien sean afectivas, lúdicas, cazadoriles, de ayuda, transporte, etc, sin tener en cuenta las del propio animal (y ni mucho menos considerándolo como una persona no humana con la libertad y derecho de vivir su vida “perrunamente”).




Y si esto, en pleno siglo XXI, es lo que pensamos del “mejor amigo del hombre”, del animal que más empatía y admiración genera en nuestra especie, ¿qué le haríamos si no fuera nuestro mejor amigx? (¿quién trata de esa forma a sus amigxs?). Y, lo que es aún más terrorífico, si esta es nuestra valoración del animal más respetado y querido del planeta, ¿cómo veremos al resto?

El precio que ha pagado un ser tan profundamente gregario y social como el can, al dejarse “domesticar” por la raza humana y necesitarnos, tristemente, para su supervivencia, ha sido el egoísmo, la crueldad e la ingratitud humanas. Disponemos de múltiples y asquerosas maneras de su confiada especie, desde su uso como peluche, cobaya de laboratorios, terapeuta (infantil/ancianos/autismo), hasta cuerpo de rescates, lazarillo las 24 horas y delicatessen asiática. A muchas personas se les llena la boca hablando de la nobleza y fidelidad perrunas, pero posteriormente no dudan en castigar o propinar un golpe/paliza a su mejor amigo si un día mancha la alfombra o, simplemente, no obedece cómo y cuándo ellxs quieren. A estos pobres animales no les basta con mostrar un servilismo extremo, sino que, para colmo, tienen que adorar a sus mal llamadxs “dueñxs” y hacerlxs sentir como auténticxs emperadores egipcios (Señores y señoras, no busquen canes para compensar su complejo de inferioridad. Vayan a un/a psicólogx, directamente).




Y si, por supuesto, hay humanxs que lxs quieren y cuidan mucho y bien, considerándolxs compañerxs vitales y/o parte de su familia y existen, incluso, quienes se desviven y se sacrifican por ellxs en ONGs, santuarios, asociaciones y refugios. Sin embargo, por la calle, en las cafeterías o en los cines, aquí y ahora, la gente, a menudo muy joven, sigue utilizando la frase “le trataron como a un perro”, expresión terrible que normaliza el maltrato hacia estos animales, porque refleja que hay una manera correcta de tratar a unxs y a otrxs, pero que lo que es aceptable para un/a perrx, es censurable para un/a humanx (oséase, cuando la base es la dominación, la crueldad, el desprecio y la asimetría).

Según la teoría del lenguaje de Sapir-Whorf, el uso del lenguaje en el ser humano, no se limita a expresar nuestros contenidos mentales, sino que tiene un papel de gran relevancia a la hora de configurar nuestra forma de pensar e incluso nuestra percepción de la realidad, determinando o influyendo en nuestra visión del mundo.




La propia UNESCO recoge la siguiente definición: “El lenguaje no es una creación arbitraria  de la mente humana, sino un producto social e histórico que influye en nuestra percepción de la realidad. Al transmitir socialmente al ser humano las experiencias acumuladas de generaciones anteriores, el lenguaje condiciona nuestro pensamiento y determina nuestra visión del mundo”.

El lenguaje es el reflejo de una sociedad, una época y una cultura. Y a la vez, es un vehículo que sirve para perpetuar y normalizar comportamientos históricamente aceptados, pero que hoy, son, o comienzan a ser, moralmente inaceptables. Por otra parte, la mayoría de los modismos o frases hechas, se basan en prejuicios que son reflejo de la enorme ignorancia de épocas pasadas.




Si queremos construir una sociedad justa, empática y progresista, en la que nuestrxs compañerxs de planeta sean vistxs como seres sintientes con derechos, en lugar de como esclavxs u objetos con necesidades fisiológicas, ahora más que nunca, hay expresiones y palabras que deberíamos desterrar urgentemente de nuestro vocabulario. El idioma español, como el resto de los idiomas del mundo, está intoxicado por expresiones especistas, el tipo “ser sucio como un cerdo”, “ser un burro”, “ser un rata”, “matar dos pájaros de un tiro”, “ser una zorra/perra”, “ser un buitre”, “ser un gallina”, “ser lobo con piel de cordero”, “ser una vaca/foca”, “a todo cerdo le llega su San Martín”, “muerto el perro se acabó la rabia”, “por la boca muere el pez”… la lista es larga y dolorosa. A menudo las repetimos sin analizar siquiera la escena abusiva y violenta que evocan. Y de esta forma nos insensibilizamos y nos habituamos a una realidad que normalmente generaría rechazo.

Incluso se tiende a utilizar la palabra “animal” peyorativamente para definir a alguien brutx, violentx e irreflexivx. De esta manera seguimos intentando negar nuestra propia animalidad, manteniendo esa enorme brecha que nos separa a lxs humanxs de los demás animales. Y este alejamiento tiene una función clarísima: establecer al ser humano como una especie superior y así justificar su (ab)uso y su maltrato.




Como seres humanos, tenemos la capacidad empática, el conocimiento y los medios para tratar a lxs perrxs y, por extensión, al resto de los animales, con el respeto y empatía que merecen. Y, del mismo modo, como especie con mayor responsabilidad sobre este planeta o “hermanxs mayores”, también poseemos la obligación moral de cuidarlxs, protegerlxs y mejorar sus vidas. Hagámoslo. Cambiemos el lenguaje y, por extensión, nuestros estúpidos introyectos especistas. O, como mínimo, démosles la vuelta. Consigamos que tratar “como a un perro”, en lugar de algo cruel y peyorativo, sea sinónimo de cuidar, mimar y adorar. Se lo debemos.





Saturday, August 31, 2019

10 años de veganismo, cómo hacer la conexión, vivir en Meatland y no morir en el intento 1: Omnivorismo o “Porque siempre se ha hecho así”




Cuando un/a omnívorx, mientras engulle una supuesta delicatesen cárnica, me dice, con la repelente suficiencia que da vivir bajo la opción mayoritaria, aquello de “no sabes lo que te pierdes”, me gustaría responder que está en lo cierto. Sin embargo, también querría recordarle que no hace falta cometer una aberración moral de cualquier tipo para saber que es una conducta injustificable. Tristemente, en mi caso, sí sé lo que me pierdo porque a lo largo de mi vida he sido omnívora, vegetariana y, finalmente, vegana. Y es que llegar al 26 de julio de 2009 ha sido un viaje que ahora se me antoja demasiado largo.

¿Por qué he tardado tanto?




Omnivorismo o “Porque siempre se ha hecho así”

Nací en una zona muy industrial de Gipuzkoa, pero de niña pasaba todas mis vacaciones en un pueblo rural de Castilla (la palabra rural se queda muy corta. A la izquierda del siglo XX sería bastante más preciso). Unos 3 meses largos. Casi un tercio del año. Por lo tanto, fui prácticamente una “niña mestiza”, hija de la ciudad y de eso que se malentiende como “la vida en el campo”. A diferencia de mis compañerxs de colegio, nunca pude mirar un aséptico trozo de cadáver empaquetado del super o un brick de leche con su misma ingenua indiferencia. Sabía de dónde venía y que formaba parte de alguien y no de algo. Conocía su verdadero precio y no me gustaba. Tenía introyectado, desde que podía recordar, todo un mapa sensorial de la crueldad: los escalofriantes chillidos de los cerdos y el nauseabundo “eau de matanza” navideño, con su recordatorio en forma de tripas que, como guirnaldas grotescas, ocupaban las cocinas de la casa; podía intuir el dolor del castigo que recibían las vacas, cabras, ovejas y, sobre todo, lxs burrxs, si no se sometían voluntariamente a las sádicas, egoístas y estúpidas demandas esclavistas de algún humano embrutecido; Era consciente del miedo que se respiraba en el destino de las gallinas que dejaban de ser “productivas” y pronto descubrí que aquellxs cabritillxs y corderitxs tan monxs, que nos enseñaban a lxs niñxs el 20 de diciembre, no vivirían para ver la mañana de navidad (el colmo del cinismo y la crueldad. Presentar a bebes de dos especies distintas para que jueguen y, posteriormente, degollar el cuello de una de ellas y servírselo de cena a la otra. Doble traición).




Nunca comprendí por qué estaba siendo traicionada. Los otros animales que vivían en la casa para mí siempre fueron una extensión no humana de mi familia biológica. Mi tribu. Lo más parecido que nunca conocería a tener hermanxs. Porque sí, en esto fui muy diferente de la media: crecí marcada por la tragedia. Mi padre y mi hermana murieron en un accidente de coche cuando yo solo contaba con 9 meses, así que la persona que estaba destinada a vivir en una familia ligera o moderadamente disfuncional murió y nací Ms Neurotic yo. Aunque me querían (y sobreprotegían) mucho, todas las personas adultas que me cuidaban, a menudo estaban abducidas por la titánica tarea de sobrevivir. Nunca hubo alegría, ni risas, ni expresiones físicas de ternura en mi casa. No fue culpa de nadie. En el ADN familiar faltaba todo lo relativo a la expresión afectiva y es imposible dar lo que no se tiene, lo que nunca se ha aprendido.




Ante este desolador panorama, parecía destinada a padecer algún trastorno psicológico muy grave y a heredar la “inexpresividad autista” familiar. Afortunadamente, a pesar de muchas, demasiadas secuelas, no fue así. Y eso se debió, en gran parte, a que varios héroes y heroínas acudieron al rescate: gatxs, cabras, perrxs, burrxs y gallinas (y poco después, la música, la literatura y el cine). Los animales no humanos me enseñaron a mostrar y recibir afecto y fueron lxs mejores maestrxs de mindfullness y “carpe diem” que he conocido jamás. Pronto aprendí que, incluso en condiciones de esclavitud, los bebés de la ganadería extensiva, a diferencia de sus resignados y tristes padres, se sentían felices únicamente por existir y tener todas sus necesidades básicas cubiertas. Por lo tanto, la felicidad podía ser, simplemente, no sentirse enfermx, ni hambrientx, ni amenazadx. El colmo del anti-neuroticismo. ¿Por qué lxs humanxs nos complicábamos tanto?




El primer gran insight (darse cuenta) llegó con 7 años, cuando mis tíos me sirvieron para comer el tierno conejito que había acariciado un par de días antes. Con mi lógica infantil, no entendía la gratuidad de aquel conejocidio. Aquello era completamente nuevo. Repasemos: vacas, ternerxs, cerdxs, cochinillxs, cabritxs, corderxs, gallinas, peces, pollos… ¿Es que no nos comíamos ya suficientes inocentes? ¿eramos realmente omnívorxs o estábamos más cerca del carnivorismo de lo que pensaba? Ante tanta indignación y duda, me negué en redondo a engullir aquel cadáver y a todos los de su especie para siempre, y con mi primer paso hacia el vegetarianismo llegaría la fase del “¿por qué…?”, que, básicamente, duraría toda mi infancia. Sin embargo, ante el “¿por qué comemos animales si yo soy más feliz zampando patatas fritas?”, siempre obtenía la misma (digámoslo) respuesta de mierda:

“Porque siempre se ha hecho así”.

A una mente infantil, no contaminada aún por el peso y el poso de los convencionalismos absurdos y costumbres rancias de miles de años de historia, aquella respuesta le resultaba de la misma sofisticación y catadura intelectual que la caprichosa (e insustancial)  “porque yo lo digo y punto”. Y pasaron los años y nadie fue capaz de darme un argumento de peso. Conclusión: Patatas fritas:1; carne:0.




Mis amigos del pueblo (si, en masculino), todos mestizos, como yo, me dieron otro empujoncito fuera de la “Carnaca-zone” al alcanzar la asquerosa adolescencia. Al parecer, la dieta altísima en proteínas animales típica de la zona no satisfacía sus necesidades nutricionales (aún hoy, es difícil encontrar un restaurante de la Castilla profunda cuyo menú no se base en cochinillo, cabrito y cordero asado), por eso, muchos de ellos, durante sus vacaciones, se dedicaban a lo que comúnmente se conoce como cazar y yo llamo “psicopatía legalizada”. Lo de menos era ser menor de edad, tener permiso o no, estar en temporada de caza o ser un frustrado “pseudo macho alfa” en potencia. “Cosas de chicos” decía todo el mundo, como si fuera una ley universal o un mantra. Ante mis horrorizados ojos, ranas, pequeños mamíferos y aves de todo tipo eran masacradas sin piedad y lxs gatxs, esxs seres repudiadxs que para muchxs neandertales eran poco menos que “secuaces de satanás”, se utilizaban como dianas de tiro (Jamás olvidaré ni perdonaré que mi gato Oscar sufriera un dolor inimaginable y perdiera un ojo por culpa de los abyectos rituales iniciáticos de esta masculinidad tóxica). Aunque tal vez, el colmo del horror era el abyecto asesinato nocturno de gorriones. En plena época de cría, raptaban y asesinaban a los padres y madres dentro de los nidos provocando que lxs abandonadxs bebes, más temprano que tarde, murieran de inanición.




La crueldad gratuita del especismo medieval era tan insoportable en aquel lugar que contaminaba hasta aquel “purísimo aire de montaña”. Por mucho que lo intentara, no podía sacudirme de encima la certeza de que el mundo estaba profundamente enfermo y equivocado y, sobre todo, de que era injustificable y vergonzosamente cruel con las criaturas de otras especies. Además, mis circunstancias vitales me habían hecho descubrir el dolor demasiado joven y cualquier gramo extra me resultaba insoportable. ¿Qué podía hacer yo para no contribuir a añadir más sufrimiento gratuito a este mundo?




Tenía que tomar una decisión. La disonancia cognitiva me estaba comiendo viva. Estábamos a finales de los 90 y el termino veganismo ni siquiera había cruzado los mares. No conocía a nadie que fuera vegetarianx, más allá de alguna celebrity extranjera, ni a ninguna asociación local; No tenía apenas información (la explosión internetil aún estaba por llegar) y a todo el mundo aquella decisión tan “excéntrica” le parecía un suicidio, pero comiendo animales sentía que estaba siendo una hipócrita, traicionando, no solo a la persona que creía ser, sino, sobre todo, a los seres que me habían dado más de que yo, posiblemente, pueda devolverles nunca. ¿Qué diferencia había, en realidad, entre comer conejxs, cerdxs, vacas, gatxs o gorrionxs? Absolutamente ninguna. Así que, conseguí varios books sobre vegetarianismo, confirme que era nutritivamente viable y pensé: it’s now or never. No podía esperar a la adultez y a acabar reprogramada, encallecida y alienada por miles de años de homus especistus. Not me. ¿Que siempre se ha hecho así? Como dicen en El laberinto del fauno:

- La puerta está cerrada.
- En ese caso, haced vuestra propia puerta.

Y la hice.


To be continued…






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