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Saturday, December 11, 2021

Una historia de navidad

 



Mis vacaciones infantiles solían tener 3 colores: blanco, verde y amarillo. Las primeras navidades que recuerdo eran tan blancas que lograron que olvidase el “verde semana santa” y “el amarillo verano”. Para una niña del norte el norte donde el paisaje era “unicolor”, el clima mucho más benévolo y la nieve una feliz excepción, el inmaculado manto salmantino de mi "pueblo origen" resultaba… mágico.

Sin embargo, las navidades distaban mucho de ser idílicas. Y no sólo por el viento y el frío glaciar de aquel lugar a demasiada altitud y dejado de la mano de todxs lxs diosxs. Algo olía a podrido en aquella “Dinamarca”. O, para ser exactxs, a muerte. La navidad era sinónimo de matanza y esa mala energía flotaba por todos los rincones, contraatacando, en un pulso infatigable, al ingenuo espíritu navideño. Eau de Nöel vs Eau d’abattage. Eau de Navidad vs Eau de matanza. ¿Cuál ganaría?




Tengo la hipótesis de que el contacto con la cruda realidad de los productos animales desde la más tierna infancia, despojarlos de la distancia y fría asepsia que tienen para un/a niño de ciudad, o te embrutece o te insensibiliza. No hay punto medio.                                   

Recuerdo los chillidos de lxs cerdxs. Aún desde todas las distancias. Manos, cojines, auriculares, televisores. Cuando el sonido del pánico penetra en los oídos como un enjambre de avispas y se aloja en una suite del hipocampo, ya no desaparece nunca.

Tengo muy presentes, también, las vísceras, tripas pestilentes y obscenamente rosas invadiendo espacios, y secándose por demasiados rincones de la casa como invitadxs reptantes no deseadxs. Mis familiares me aseguraban, satisfechxs, que aquellas fundas-vísceras algún día se convertirían en chorizos, salchichones y adobados, como si aquello fuera una justificación universal. Pero yo, que nunca sentí el más mínimo interés por los embutidos, seguía sin entender qué mecanismo compensaba e instaba a repetir, año tras año, aquel repugnante y tedioso proceso.




Sin embargo, lo peor estaba por llegar. 1 o 2 días antes de nochebuena, lxs niñxs éramos sometidxs siempre al mismo ritual: la visita al corredor de la muerte. Algún ser querido nos llevaba de la mano a ver a lxs delicadxs corderitxs y cabritillxs. Sólo un/a niñx psicópata podría ser indiferente ante unos seres tan irresistiblemente adorables, bellos y peluchiles, que no sólo reflejaban, sino potenciaban tu propia inocencia infantil. El mundo era más bonito en su presencia, como si todas las esquinas rasposas se hubieran cubierto, súbitamente, de algodones. Cuando yo miraba a un/a corderx o cabritillx, veía un/a potencial compañer/a de juegos, a una infancia diferente, a un/a amigx.

Poco sospechaba que aquel tierno ser tenía las horas contadas en este planeta, únicamente por haber cometido el “delito” de nacer de otra especie. Aquello era el colmo de la inhumanidad. ¿Qué clase de sociedad psicópata hace que te encariñes con otrxs niñxs o bebés, para 2 días más tarde, asesinarlxs y servírtelos de cena? Independientemente de quién emitiera sentencia y blandiera el cuchillo, ¿por qué este crimen deleznable era perpetrado, con premeditación y alevosía, por seres que supuestamente te querían y debían cuidarte y protegerte?




En aquel único encuentro convergían tres traiciones: a la futura víctima, que apenas había llegado a este mundo y se creía ingenuamente a salvo; a lxs niñxs humanxs, cuya inocencia se traicionaba, robaba y corrompía irremediablemente; y a la justicia y el sentido común.         

Supongo que, dentro de lo espantoso, tuve suerte. Mis abuelxs habían abandonado la cría de ovejas antes de que yo naciera, y “solo” tenían cabras. Por lo tanto, nunca cenamos bebés de cabra. En mi familia nadie era capaz de rebanar un cuello (he visto llorar a mi tío en más de una ocasión al vender sus cabritxs y ser testigo de cómo eran metidos brutalmente en sacos, como si fueran cosas), pero si se servía cordero por navidad. No pasaron muchos años antes de que fuera plenamente consciente de mi involuntaria complicidad en aquel delito: no sólo me estaba comiendo a bebés que querían vivir, sino que me estaba zampando a lxs amigxs de otrxs.

Y otro insight infantil me sacudió como un trueno: para cuando te conviertes en adulto tu corazón se ha endurecido tanto que te transformas en un ser desconectado de su esencia, alguien que, trágicamente, ha desaprendido lo básico. No esperes demasiado a ser tu misma o será mucho más difícil escapar de ese “ejercito de zombies”.




Y esperé un poco, pero no demasiado. Dejar de comer bebés había sido el primer paso pre-adolescente, pero cuando el pato Ferdinand anunció horrorizado “Christmas means carnage!” (“¡la navidad significa muerte!”) en la película Babe, supe que había llegado el  momento de desterrar del menú bastante más que a los bebés: a cualquier tipo de animal, 365 días al año, durante el resto de mi vida.

Como veis esta historia tiene dos finales. Ninguno de los dos es, precisamente, feliz, pero uno de ellos, el de mi yo opresor, al menos, sí es un final FINAL.

Que paséis una justa, solidaria, verde, constructiva, empática y feliz navidad.




Ilustraciones de Jo Frederiks, Sara Sechi, Dina Farris Appel y ¿?


Saturday, August 31, 2019

10 años de veganismo, cómo hacer la conexión, vivir en Meatland y no morir en el intento 1: Omnivorismo o “Porque siempre se ha hecho así”




Cuando un/a omnívorx, mientras engulle una supuesta delicatesen cárnica, me dice, con la repelente suficiencia que da vivir bajo la opción mayoritaria, aquello de “no sabes lo que te pierdes”, me gustaría responder que está en lo cierto. Sin embargo, también querría recordarle que no hace falta cometer una aberración moral de cualquier tipo para saber que es una conducta injustificable. Tristemente, en mi caso, sí sé lo que me pierdo porque a lo largo de mi vida he sido omnívora, vegetariana y, finalmente, vegana. Y es que llegar al 26 de julio de 2009 ha sido un viaje que ahora se me antoja demasiado largo.

¿Por qué he tardado tanto?




Omnivorismo o “Porque siempre se ha hecho así”

Nací en una zona muy industrial de Gipuzkoa, pero de niña pasaba todas mis vacaciones en un pueblo rural de Castilla (la palabra rural se queda muy corta. A la izquierda del siglo XX sería bastante más preciso). Unos 3 meses largos. Casi un tercio del año. Por lo tanto, fui prácticamente una “niña mestiza”, hija de la ciudad y de eso que se malentiende como “la vida en el campo”. A diferencia de mis compañerxs de colegio, nunca pude mirar un aséptico trozo de cadáver empaquetado del super o un brick de leche con su misma ingenua indiferencia. Sabía de dónde venía y que formaba parte de alguien y no de algo. Conocía su verdadero precio y no me gustaba. Tenía introyectado, desde que podía recordar, todo un mapa sensorial de la crueldad: los escalofriantes chillidos de los cerdos y el nauseabundo “eau de matanza” navideño, con su recordatorio en forma de tripas que, como guirnaldas grotescas, ocupaban las cocinas de la casa; podía intuir el dolor del castigo que recibían las vacas, cabras, ovejas y, sobre todo, lxs burrxs, si no se sometían voluntariamente a las sádicas, egoístas y estúpidas demandas esclavistas de algún humano embrutecido; Era consciente del miedo que se respiraba en el destino de las gallinas que dejaban de ser “productivas” y pronto descubrí que aquellxs cabritillxs y corderitxs tan monxs, que nos enseñaban a lxs niñxs el 20 de diciembre, no vivirían para ver la mañana de navidad (el colmo del cinismo y la crueldad. Presentar a bebes de dos especies distintas para que jueguen y, posteriormente, degollar el cuello de una de ellas y servírselo de cena a la otra. Doble traición).




Nunca comprendí por qué estaba siendo traicionada. Los otros animales que vivían en la casa para mí siempre fueron una extensión no humana de mi familia biológica. Mi tribu. Lo más parecido que nunca conocería a tener hermanxs. Porque sí, en esto fui muy diferente de la media: crecí marcada por la tragedia. Mi padre y mi hermana murieron en un accidente de coche cuando yo solo contaba con 9 meses, así que la persona que estaba destinada a vivir en una familia ligera o moderadamente disfuncional murió y nací Ms Neurotic yo. Aunque me querían (y sobreprotegían) mucho, todas las personas adultas que me cuidaban, a menudo estaban abducidas por la titánica tarea de sobrevivir. Nunca hubo alegría, ni risas, ni expresiones físicas de ternura en mi casa. No fue culpa de nadie. En el ADN familiar faltaba todo lo relativo a la expresión afectiva y es imposible dar lo que no se tiene, lo que nunca se ha aprendido.




Ante este desolador panorama, parecía destinada a padecer algún trastorno psicológico muy grave y a heredar la “inexpresividad autista” familiar. Afortunadamente, a pesar de muchas, demasiadas secuelas, no fue así. Y eso se debió, en gran parte, a que varios héroes y heroínas acudieron al rescate: gatxs, cabras, perrxs, burrxs y gallinas (y poco después, la música, la literatura y el cine). Los animales no humanos me enseñaron a mostrar y recibir afecto y fueron lxs mejores maestrxs de mindfullness y “carpe diem” que he conocido jamás. Pronto aprendí que, incluso en condiciones de esclavitud, los bebés de la ganadería extensiva, a diferencia de sus resignados y tristes padres, se sentían felices únicamente por existir y tener todas sus necesidades básicas cubiertas. Por lo tanto, la felicidad podía ser, simplemente, no sentirse enfermx, ni hambrientx, ni amenazadx. El colmo del anti-neuroticismo. ¿Por qué lxs humanxs nos complicábamos tanto?




El primer gran insight (darse cuenta) llegó con 7 años, cuando mis tíos me sirvieron para comer el tierno conejito que había acariciado un par de días antes. Con mi lógica infantil, no entendía la gratuidad de aquel conejocidio. Aquello era completamente nuevo. Repasemos: vacas, ternerxs, cerdxs, cochinillxs, cabritxs, corderxs, gallinas, peces, pollos… ¿Es que no nos comíamos ya suficientes inocentes? ¿eramos realmente omnívorxs o estábamos más cerca del carnivorismo de lo que pensaba? Ante tanta indignación y duda, me negué en redondo a engullir aquel cadáver y a todos los de su especie para siempre, y con mi primer paso hacia el vegetarianismo llegaría la fase del “¿por qué…?”, que, básicamente, duraría toda mi infancia. Sin embargo, ante el “¿por qué comemos animales si yo soy más feliz zampando patatas fritas?”, siempre obtenía la misma (digámoslo) respuesta de mierda:

“Porque siempre se ha hecho así”.

A una mente infantil, no contaminada aún por el peso y el poso de los convencionalismos absurdos y costumbres rancias de miles de años de historia, aquella respuesta le resultaba de la misma sofisticación y catadura intelectual que la caprichosa (e insustancial)  “porque yo lo digo y punto”. Y pasaron los años y nadie fue capaz de darme un argumento de peso. Conclusión: Patatas fritas:1; carne:0.




Mis amigos del pueblo (si, en masculino), todos mestizos, como yo, me dieron otro empujoncito fuera de la “Carnaca-zone” al alcanzar la asquerosa adolescencia. Al parecer, la dieta altísima en proteínas animales típica de la zona no satisfacía sus necesidades nutricionales (aún hoy, es difícil encontrar un restaurante de la Castilla profunda cuyo menú no se base en cochinillo, cabrito y cordero asado), por eso, muchos de ellos, durante sus vacaciones, se dedicaban a lo que comúnmente se conoce como cazar y yo llamo “psicopatía legalizada”. Lo de menos era ser menor de edad, tener permiso o no, estar en temporada de caza o ser un frustrado “pseudo macho alfa” en potencia. “Cosas de chicos” decía todo el mundo, como si fuera una ley universal o un mantra. Ante mis horrorizados ojos, ranas, pequeños mamíferos y aves de todo tipo eran masacradas sin piedad y lxs gatxs, esxs seres repudiadxs que para muchxs neandertales eran poco menos que “secuaces de satanás”, se utilizaban como dianas de tiro (Jamás olvidaré ni perdonaré que mi gato Oscar sufriera un dolor inimaginable y perdiera un ojo por culpa de los abyectos rituales iniciáticos de esta masculinidad tóxica). Aunque tal vez, el colmo del horror era el abyecto asesinato nocturno de gorriones. En plena época de cría, raptaban y asesinaban a los padres y madres dentro de los nidos provocando que lxs abandonadxs bebes, más temprano que tarde, murieran de inanición.




La crueldad gratuita del especismo medieval era tan insoportable en aquel lugar que contaminaba hasta aquel “purísimo aire de montaña”. Por mucho que lo intentara, no podía sacudirme de encima la certeza de que el mundo estaba profundamente enfermo y equivocado y, sobre todo, de que era injustificable y vergonzosamente cruel con las criaturas de otras especies. Además, mis circunstancias vitales me habían hecho descubrir el dolor demasiado joven y cualquier gramo extra me resultaba insoportable. ¿Qué podía hacer yo para no contribuir a añadir más sufrimiento gratuito a este mundo?




Tenía que tomar una decisión. La disonancia cognitiva me estaba comiendo viva. Estábamos a finales de los 90 y el termino veganismo ni siquiera había cruzado los mares. No conocía a nadie que fuera vegetarianx, más allá de alguna celebrity extranjera, ni a ninguna asociación local; No tenía apenas información (la explosión internetil aún estaba por llegar) y a todo el mundo aquella decisión tan “excéntrica” le parecía un suicidio, pero comiendo animales sentía que estaba siendo una hipócrita, traicionando, no solo a la persona que creía ser, sino, sobre todo, a los seres que me habían dado más de que yo, posiblemente, pueda devolverles nunca. ¿Qué diferencia había, en realidad, entre comer conejxs, cerdxs, vacas, gatxs o gorrionxs? Absolutamente ninguna. Así que, conseguí varios books sobre vegetarianismo, confirme que era nutritivamente viable y pensé: it’s now or never. No podía esperar a la adultez y a acabar reprogramada, encallecida y alienada por miles de años de homus especistus. Not me. ¿Que siempre se ha hecho así? Como dicen en El laberinto del fauno:

- La puerta está cerrada.
- En ese caso, haced vuestra propia puerta.

Y la hice.


To be continued…






*

Friday, October 16, 2015

Donde van a morir los pájaros



Encontrar un pájaro muerto, en plena calle, medio escondido entre la descuidada vegetación de un jardín o recostado torpemente en medio de una plaza, sigue siendo una experiencia insólita. En lo que respecta a las aves, el cómo del segundo acto vital de intimidad y soledad extremas, morir, continúa siendo un misterio que los humanos aún no hemos podido desentrañar. Tal vez, de la misma forma que se dejan guiar por su brújula interna para desplazarse larguísimas distancias y encontrar, sin vacilar, el camino de vuelta, un sexto sentido, igualmente poderoso, les indica con una claridad incuestionable, cuándo y cómo ha llegado su hora. Ese sagrado momento, lógicamente, no puede ocurrir de cualquier manera y en cualquier sitio. Precavidas y cuidadosas por naturaleza, buscan un lugar que sólo sea suyo, lejos del mundanal ruido y del cerco de miserias humanas que hemos ido trazando y ampliando en torno a ellas, comprimiéndolas, limitándolas, mutilándolas. Resulta lógico, por lo tanto, que durante ese último y fatídico acto denieguen la asistencia de espectadores. ¿Por qué no iban a hacerlo?




Llegados a este punto, supongo que tengo el privilegio de admitir que sé dónde fue a morir, al menos, un pájaro. Ese pájaro era una paloma y durante muchos años fue mi amiga. Se llamaba Sally porque le faltaban miembros (concretamente dos pies de los que sólo le sobrevivía un dedo), yo acababa de ver Pesadilla antes de Navidad y siempre me ha llamado la atención la escena en la que la recientemente desmembrada Sally se cose a sí misma.

¿Cuántas personas pueden presumir de tener un/a amig@ alad@ y libre?

Hace 5 años Sally llegó a mi casa y nunca volvió a marcharse. Y, en esta ocasión, recurrir a este radical adverbio de tiempo no es una exageración. Posiblemente tenía, en algún rincón escondido a prueba de humanos, un “nido” o una “habitación” en la que dormía diariamente, pero todas las horas de sol (lógicamente, bastantes más en primavera y verano que en otoño e invierno) las pasaba en mi balcón, ventana o en las inmediaciones de ambos, esperando, ansiosa, alguna apetitosa ración de pan, para fastidio, asco e incomprensión de los vecinos.




Porque Sally, con el tiempo, dejó de venir sola. En muchas ocasiones, alimentarla a ella suponía la asistencia de una docena de seres alados más, entre gorriones y palomas, cuya presencia en la plaza era considerada non grata por algunos colombófobos. Este conflicto interespecies nos ha traído a mi familia y a mí no pocas complicaciones y alguna que otra amenaza de cierto individuo psicópata. Durante algunas semanas, incluso, tuvimos que cerrar el comedor (tiempo en el que la pobre desmejoró terriblemente), aunque finalmente, y para alivio de casi todos, encontramos la manera de alimentar discretamente a Sally en nuestro balcón.

Un día, hace pocas lunas, de repente, se mostraba más mustia de lo habitual. Apenas se movía, comer no la motivaba y no se alejaba del balcón. ¿Un mal día, simplemente? Desgraciadamente, la respuesta fue no. Las peores sospechas se confirmaron la mañana siguiente, al encontrar, con horror y tristeza, su familiar y rechoncho cuerpo inerte en el suelo, discretamente escondido entre dos macetas. Quizá la inconmovible y rígida red de la muerte la atrapó de repente y se sentía demasiado enferma y agotada para marcharse a otra cama más digna y segura. Aunque, quizá, simplemente (y eso quiero pensar), eligió nuestro balcón porque para ella aquel lugar era un sinónimo de hogar.




Y con este ¿regalo? también nos dejó la obligación de enterrarla (ilegalmente) en el rincón más frondoso y oculto de un bosque cercano. Un espacio donde la sombras y el sol se suceden y se dan la mano, para que nunca pase demasiado frio ni demasiado calor. En su caja-ataúd, como última ofrenda, deposité unas esponjosas y recién cortadas migas de pan (de esas que tanto le gustaban). Podría necesitarlas. ¿Quién sabe cuánto tiempo durará su travesía?



 *

Wednesday, July 31, 2013

Happy fourth veganiversary!

 
 
 
 
“¿Dónde está la influencia que llevo tejiendo años en mi círculo, en mi familia, en las personas con las que convivo?” me preguntaba.
Y la influencia llegó en forma de paloma sobre la ventana.
Sus pies ya no eran suyos. Una apretada madeja de hilos los iba seccionando, implacablemente, milímetro a milímetro, en lenta e inimaginable agonía.
Ella no lo dudó y la tomó entre sus manos con tierna determinación quirúrgica. La paloma, exasperantemente mansa, no intentó defenderse con su pico y, salvó algún aleteo ocasional, apenas se movió. Y es que las palomas son como los neuróticos: ignoran la potencialidad de su propio equipaje.  
Torpe ayudante, me limité a estirar los pies del animalillo, mientras ella, tijera en mano, desenredada, seccionaba y liberaba. No le frenó ni mi respeto viral, ni mi miedo patológico a causar daño, ni mi asco. Cuando alzó de nuevo las alas de la ventana, aquella tarde, la paloma había recuperado totalmente la movilidad de un pie y parte del otro.
Y comprendí, tras aquella pequeña lección de humanidad, que mi supuesta influencia se había tejido antes que yo.
 
 
 

Happy veganiversary to me, but most importantly, happy life and free existence to all living things!
 
*
 


Tuesday, December 20, 2011

George... what else?



¿Hasta dónde llegarías por el amor de un can? Mr Nespresso lo tiene claro: si hay que pringarse, me pringo… literalmente… o eso es lo que asegura en una entrevista de la revista Esquire.

Al parecer, el bueno de Yorch tenía mono canino desde hace un tiempo, así que se le ocurrió iniciar la búsqueda compañeril vía internet. En la página web de un refugio de animales, vio un video de un perrito llamado Einstein, e instantáneamente, comenzó a escuchar violines: ¡aquel perro tenía que ser suyo!

Cuando llamó al refugió, Clooney pensó que el asunto sería pan comido, pero ante su entusiasta “¡me gusta Einstein!”, recibió un seco “vale, pero no sabemos si a Einstein le gustas tú”. Entonces, el actor se tragó su ego de estrella e insistió en verlo, siguiendo el procedimiento habitual. Los encargados de la protectora le aseguraron que lo llevarían a su casa para tener un encounter, pero que si el perro lo rechazaba, no había suficientes cápsulas de nespresso como para poder comprarlo: Einstein, como el resto de sus canes, se merecía lo mejor.

Nervioso como un adolescente en su primera cita, Georgie comenzó a temer que Einstein no mostrara el más mínimo interés por él, así que se le ocurrió un (pringoso) plan de emergencia: untarse las suelas de los zapatos con las albóndigas de pavo que le habían sobrado en el frigo, demostrando así, que además de talento, compromiso y dotes de seducción, ingenio no le falta.

Ni que decir tiene que cuando Einstein y su acompañante llegaron al Mr Ocean home, el can corrió enfervorecido y salivante hacia los zapatos de la estrella. La incauta cuidadora, después de confesar anonadada que “nunca le había visto reaccionar así”, no tuvo más remedio que volver sola al refugio sin sospechar que había sido engañada con la más vieja (y picaresca) de las tretas.

Al parecer, esto ocurrió hace año y medio, y desde entonces, George y Einstein viven felices y comen ¿albondigas?.

Thursday, January 27, 2011

The Pigeon Paradox (La Paradoja Palomil)




Cuando se convive con omnívoros durante mucho tiempo y éstos no dan ni la más mínima muestra de “veganización”, un@ acaba por albergar hacia ellos cierto rencor teñido de un, a veces, mal disimulado sentimiento de culpa (especialmente si los otros forman parte de tu familia). “¿Cómo es posible que yo haya “heredado” tantos miedos, introyectos y neurosis, y a ellos no se les haya pegado nada de mi en tantos años?¿estaré haciendo algo mal?¿no decía Einstein que dar ejemplo era, no la mejor forma de influir en los demás, sino la única?".

Mi madre estaría hasta el moño azul de Marge Simpson (si lo tuviera) de mis consejos y reproches. Le insisto machaconamente para que rebaje su dosis de embutidos y pontifico sin parar sobre las mentiras y maldades de la leche, entre otras cosas. He llegado, incluso, a proponerle “el lunes sin carne” inspirada por la exitosa campaña de Sir Paul McCartney, pero, hasta la fecha, todos mis esfuerzos siguen aparcados en algún submarino amarillo, muy por debajo de la superficie.

Sin embargo, cuando el incidente gatuno navideño me instó a tirar temporalmente la toalla, reparé en una paradoja materna que me resulta, cuanto menos, curiosa.
Una amiga fue la primera en resaltar lo insólito de la situación: hey, hay una paloma comiendo en vuestra ventana. “Lo sé- contesté yo- Es Sally”.

Sally apareció un día de otoño. Mientras yo repartía migas de pan, equitativamente, entre palomas y gorriones, ella se separó de sus rivales y, con descaro y tozudez, se posó en la ventana reclamando una ración individual. Cuando mi madre la descubrió, y se miraron la una a la otra, casi pude escuchar el eco de los violines resonando desde algún punto de la casa. Desde entonces nos ha visitado diariamente y como el roce hace el cariño, en lugar del genérico-impersonal “¡eh, tú, paloma!” decidí llamarla Sally.

“¡Pobrecita, le falta un pie y en la otra pata tiene un muñón!” suele repetir mi madre. Y esa minusvalía, es la discriminación positiva que ha conseguido que Sally sea la paloma más rolliza de toda la plaza.
El animalillo nos visita varias veces al día. A veces pide comida y otras, simplemente, se echa en el alfeizar, a pesar del viento y del frío. (Y es que, aunque haya ventanas wind-proof, sabe que en la nuestra puede disfrutar de una siesta sin interrupciones). Es casi como tener un pájaro como mascota. Un pájaro libre.

Y es viendo el mimo con el que mi madre escoge los menús palomiles, cómo se esfuerza para que nadie, ni siquiera el viento, le sise a Sally ni una miga de pan (o de cous cous) o cómo (y esto es lo más extraño de todo) nunca ha expresado una queja por los asquerosos regalitos que ocasionalmente hay que retirar de la ventana, cuando me es imposible ver con precisión quién ha podido influir más en quién: si ella en mi o yo en ella.

Dudo mucho que mi madre llegue a ser veg(etari)ana o que, algún día, enarbole junto a mi la bandera de la cruzada animalista, pero aunque a veces me cueste verlo (o admitirlo), de alguna casta le tiene que venir la sensibilidad y la empatía a este galgo.

Thursday, January 06, 2011

Cuento de Navidad



Nunca dejará de fascinarme la fragilidad de los hilos que mueven los acontecimientos. Si una amiga no hubiera olvidado el móvil en un pub la tarde del 25 de diciembre, no habríamos desandado nuestros pasos. Si yo la hubiera acompañado al interior del local en lugar de esperar fuera, no habría escuchado unos gritos de auxilio. Si no hubiera buscado incansablemente al emisor de esos gritos, ahora no tendría cicatrices en la mano.

Al principio pensé, con horror, que aquel maullido lastimero que subía y bajaba de volumen e intensidad, provenía de uno de los contenedores subterráneos, pero me equivocaba. Su escondrijo eran los coches a ambos lados de la carretera, entre los que se movía con la temeridad de sus escasos dos meses de vida.
Cuando salió del pub, móvil en mano, mi amiga no necesitó preguntármelo para saberlo, le bastó leérmelo en los ojos.

El animalillo estaba asilvestrado, además de extremadamente asustado, por lo tanto, iba a resultar más que difícil cogerlo. Necesitábamos refuerzos, así que la operación rescate final incluyó a otra amiga, su paciente novio, un bol de leche, una espontánea de mediana edad que aseguraba haber rescatado a otro michin en las mismas, una niña oriental que debía estar aburrida beyond words (observar atentamente los torpes intentos de “caza gatuna” de unos desconocidos en una de las noches de navidad más frías que se recuerdan, no es, precisely, un espectáculo de masas) y algunos transeúntes-reporteros que nos iban señalando el punto exacto de la localización del felino.

Una hora (y crecientes síntomas de desensibilización en los dedos de los pies) más tarde, decidimos ir a tomar un necesario café antes de proseguir con el nada exitoso intento de rescate. El novio de una amiga y la niña oriental, sin embargo, insistieron en quedarse. Cuando mis amigas terminaban su café y a mi apenas me había dado tiempo a beber la mitad de mi té verde con menta, ambos, adulto y niña, se asomaron a ventana de la cafetería con una sonrisa en los labios y una caja de cartón: ¡lo habían cogido!

El cuento dickensiano estaba escrito. Teníamos el frío escenario navideño, las circunstancias difíciles, la acción desinteresada, el espíritu solidario, el buen samaritano (¿cómo noses conseguiría atraparlo?). ¿Qué nos faltaba? Mr Scrooge, of course. En este caso, Mrs, porque en esta ocasión fue reencarnado por mi señora madre.

Si os soy completamente sincera, no tenía muy clara mi motivación principal en aquel rescate. Para mi ayudar a un gatito de la calle no difiere demasiado de socorrer a un niño perdido. ¿Acaso llevártelo a casa y darle un par de galletas implica, necesariamente, adoptarlo?. Lo único que sabía era que no podía abandonarlo a merced del tráfico, el hambre y el frío. Pero si todo iba bien, nos enamorábamos de él y el animalillo estaba sano, tal vez...

Mi madre, sin embargo, tenía más claro que yo lo que quería y lo que no. Creo que en mi vida la he visto más inflexible, radical e histérica. No habrá más gatos at home. Ever again. Lo malo es que su actitud no varió un ápice cuando le dejé bien claro que el gatin estaría out en breve. Supongo que las dos muertes gatunas recientes que habíamos vivido decidieron por ella.

Cuando un nuevo animalin (especialmente si es callejero) llega a casa, lo ideal es reservarle una habitación para a) que se vaya acostumbrando a los habitantes, sonidos y olores, y b) proteger a los gatos caseros de posibles enfermedades, además de parásitos.
Pero a pesar de las necesarias restricciones, era mi invitado, así que me aseguré de que disfrutara del mejor bufé libre. También le hablaba y cantaba para tranquilizarlo cuando comenzaba a maullar (por algún extraño motivo, funcionaba). Phoebe, mi gata, se convirtió en la guardiana de su puerta, pero nunca llegó a verlo. No me imagino nada más frustrante para un gato que la curiosity insatisfecha.

Tras un día y medio encerrado en el cuarto de baño pequeño, cuando el pobre comenzaba, poco a poco, a “desdesconfiar” de mi, llegó el momento de entregarlo a la protectora. En aquel segundo intento de caza, las dos recibimos heridas de guerra, pero mi madre se llevó la peor parte.
Pensé que sentiría cierto alivio en el momento del adiós (la situación at home era insostenible), pero más bien fue todo lo contrario. Confieso que mi yo científico también se sintió frustrado. Convertir a una desconfiada panterita en un ronronator peluchón (or something in between) era un desafío que me apetecía mucho. El pobre apuntaba maneras. Aprendió a usar el arenero desde el día uno. Es curiosa (y admirable) la pulcritud innata de los gatos...

Thursday, October 15, 2009

Misión "Salvar la bola azul"



[Dos extraterrestres que no se parecen a ningún otro alien visto hasta la fecha (ni a E.T, ni a los de George Lucas, ni a los verdes babosiles repelentes de los Simpsons) van en una nave que tampoco se parece ni al Halcón Milenario, ni al Entreprise, ni a etc, etc, etc]

- ¿Cómo has dicho que sus habitantes llamaban al planeta?
- La tierra
- Irónico calificativo para una bola azul
- Bueno, la especie dominante no está falta de ironía, precisamente...
- ¿Hay una especie dominante? [saca una especie de boli blanco del que, de repente, sale una pantalla en la que aparecen carácteres e imágenes a la velocidad del rayo. Se detiene en una de una mujer paseando a un perrito]
- ¿Es esta?¿la de la cola ahuecada?
- No, no. Es la que le sigue con resignación
- ¿Y cómo se llaman?
- Humanos. ¿Es que no has estudiado nada?
- ¡Hey, no seas tan duro conmigo!. Aún me estoy recuperando de mi última misión. Además, tengo tiempo de sobra para ponerme al día. ¿Cuándo llegamos?
- En lo que para ellos será el 2122
- ¿Y ahora están en el...?
- Dejame ver.... [pulsa en un pequelo botón] en el 2009
- ¿Cómo es la tierra ahora, en este preciso instante?
- Un 8 en la escala de Parshmek
- ¿Tan mal?
- Digamos que aún no tienen claras sus prioridades...
- ¿Carbono, verdad? Los enlaces de sus formas de vida suelen ser las más defectuosas, la mayoría fallidas...
- Tienen peores taras que su química orgánica. Son vivíparos y ovíparos en su mayoría y...
- ¿No me digas que aún son lactantes?
- Peor. Los humanos no sólo son los únicos animales que siguen tomando leche cuando ya no la necesitan, sino que, para colmo, se la roban a otras especies
- ¡Que asco!
- Lo llaman explotación ganadera. Esclavizan a otros animales en lo que algunos califican como "campos de concentración" y lo hacen por su leche, sus óvulos y su carne
- O sea que los matan y manipulan como si fueran cosas, como si no existieran por si mismos y les pertenecieran desde siempre
- Exacto
- ¡Que espanto!¿Y sólo comen otras especies?
- No, la mayoría son omnívoros. Pero el negocio de la explotación animal, además de crear desigualdades y hambrunas, está contaminando el planeta
- [vuelve a encender el boli] Ya lo leo aquí. Al parecer cultivan para alimentar estos seres lo que ellos mismos podrían comerse. ¡Que manera de desaprovechar sus recursos!
- ¡Y que lo digas!
- ¿Les queda un gran camino para ser fotoautótrofos, no?
- Ese lujo ahora mismo sólo está al alcance de las plantas, las algas y las bacterias
- ¿Y cómo son las relaciones Inter-especie?
- Hay varias razas y dos sexos. Los humanos ahora padecen racismo en un 72% y sexismo en un 85% según los informes, pero, en mi opinión, el índice es aún más alto
- Sí, está claro que nos necesitan. ¿Cuándo has dicho que llegaríamos?
- Dentro de 113 años terrícolas
- ¿Y cómo será la tierra entonces?
- En realidad, hay una pequeña posibilidad de que haya dejado de existir...
- ¿Y no podríamos forzar el acelerador y llegar antes?



[Llevo 3 días con headaches y me he mantenido poco activa internetilmente, pero al saber que era el Blog Action Day, no he podido resistirme... y a utilizar una de las pocas frases que me hucieron reir en la última de Allen ("Los humanos son una especie fallida"), tampoco :P]





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