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Thursday, December 16, 2021

Holly Golightly vs la PIF


 

Hace 11 años creé un evento en facebook para rescatar a casi 30 gatxs de una de las peores perreras del país: el zoosanitario (Sevilla). Por alguna milagrosa conjunción planetaria, todxs lxs felinxs fueron rescatadxs y adoptadxs (¡algunx, incluso, en Francia!).Yo misma adopté a una de las gatitas de la “operación rescate”.

Sabía que ella misma me "diría" su nombre en cuanto la conociera, así que pocos días después de llegar de tierras sevillanas, lo vi claro: con su esbeltez y su elegante black & white solo podía tener un nombre: Holly Golightly.

Sin embargo, la pobre no estaba acostumbrada a desayunar en Tiffany's, precisamente. Llegó tan increíblemente hambrienta, que durante días, engullía de forma pantagruélica, como si fuera su última comida (Si, por ejemplo, estaba cocinando pasta y se me caía un spaguetti al suelo, se lo zampaba sin vacilar… ¡crudo!). Rompía el corazón imaginar las carencias, de todo tipo, que habría sufrido en su, apenas, año de vida.




Pero Holly también era el ser más agradecido que he conocido. Corría de pura alegría por el pasillo, celebrando su nueva vida, y también acudía a recibirnos con la misma felicidad cada vez que llegábamos a casa. Al mismo tiempo, sentía un respeto reverencial por mi otra gata, Phoebe. Si iba a comer y veía a su hermana mayor justo detrás de ella, le cedía "el turno" en el comedero y trataba de imitarla en todo. La pobre no sabía que no era una invitada. Tal vez, simplemente, aún no podía creérselo.

Pero 5 o 6 semanas después de su llegada comenzó a engordar o, más bien, a inflamarse, extrañamente. No podía tratarse de un embarazo porque estaba esterilizada, así que hicimos una visita a la clínica veterinaria y, tras unas pocas pruebas, nos dieron uno de los peores diagnósticos posibles (tres palabras que ya nunca podría olvidar): peritonitis infecciosa felina (PIF en español, FIP en inglés). Era una enfermedad feroz, letal, sin ningún tipo de tratamiento o cura.




La veterinaria nos dijo que existían dos variantes. Al parecer, era altamente contagiosa en gatxs “no sanxs”. Más que probablemente, la había contraído en la perrera debido a las malas condiciones y la falta de atención veterinaria. Apenas podía creérmelo. Acababa de sacar a Holly del infierno, para verla caer progresivamente en otro. ¿Qué clase de broma macabra era aquella?

Meses atrás había perdido a mi adorado gato Andy, así que la noticia resultó doblemente devastadora. Ni siquiera había un miserable tratamiento paliativo. Contra el PIF, en su familia, estábamos atadas de pies y manos, solo podíamos ser testigos impotentes de su deterioro. Y así fue. Para nuestro horror, Holly se apagó, fulminantemente, en solo unas pocas semanas. Nos dejó un 15 de diciembre: 3 meses después de su llegada. Ni siquiera pude ofrecerle un año de vida digna.




Pocas semanas más tarde, comencé a investigar el estado de lxs otrxs gatxs rescatadxs y perdí, de un plumazo y para siempre, la inocencia de activista: todxs estaban enfermxs o muertxs. El PIF necesitaba demostrar que era implacable, por lo tanto, poco tiempo después, acabaron falleciendo todxs. Mi operación rescate había sido una victoria pírrica. 30 gatxs que tenían un hogar perdieron la vida por culpa de una enfermedad que habría sido evitable si esa perrera hubiera mantenido unas medidas veterinarias e higiénico-sanitarias mínimas: En suma: si hubiera hecho su trabajo.

Años después de la muerte de Holly y sus compañerxs de celda, de forma accidental, se descubrió un tratamiento para el PIF que funcionaba con un número importante de gatxs. Sin embargo, es tan sumamente caro, que no todas las familias pueden permitírselo. Aquel descubrimiento volvió a romperme el corazón, hasta que, poco a poco, conseguí darle la vuelta. Llegamos tarde para salvar a Holly & Co, pero no para ayudar a otrxs gatis, sus familias y asociaciones (ADiRA es 1 de ellas) que luchan contra este gigante, hasta hace poco, invencible.




Please, compartid en esta entrada información, nombres de asociaciones y teamings, y también testimonios y casos de familias que necesiten ayuda. Creemos entre todxs una red de concienciación y ayuda para que esta maldítisima enfermedad deje de destrozar familias. Help FIP warriors! ¡Por Holly!

FIB Warriors (ADiRA)




Nunca podré olvidarte, loquita feliz, atleta de los pasillos, cálida recibidora en días inhóspitos, zampadora de pasta cruda, cómplice dulce y agradecida, princesa.





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Saturday, December 11, 2021

Una historia de navidad

 



Mis vacaciones infantiles solían tener 3 colores: blanco, verde y amarillo. Las primeras navidades que recuerdo eran tan blancas que lograron que olvidase el “verde semana santa” y “el amarillo verano”. Para una niña del norte el norte donde el paisaje era “unicolor”, el clima mucho más benévolo y la nieve una feliz excepción, el inmaculado manto salmantino de mi "pueblo origen" resultaba… mágico.

Sin embargo, las navidades distaban mucho de ser idílicas. Y no sólo por el viento y el frío glaciar de aquel lugar a demasiada altitud y dejado de la mano de todxs lxs diosxs. Algo olía a podrido en aquella “Dinamarca”. O, para ser exactxs, a muerte. La navidad era sinónimo de matanza y esa mala energía flotaba por todos los rincones, contraatacando, en un pulso infatigable, al ingenuo espíritu navideño. Eau de Nöel vs Eau d’abattage. Eau de Navidad vs Eau de matanza. ¿Cuál ganaría?




Tengo la hipótesis de que el contacto con la cruda realidad de los productos animales desde la más tierna infancia, despojarlos de la distancia y fría asepsia que tienen para un/a niño de ciudad, o te embrutece o te insensibiliza. No hay punto medio.                                   

Recuerdo los chillidos de lxs cerdxs. Aún desde todas las distancias. Manos, cojines, auriculares, televisores. Cuando el sonido del pánico penetra en los oídos como un enjambre de avispas y se aloja en una suite del hipocampo, ya no desaparece nunca.

Tengo muy presentes, también, las vísceras, tripas pestilentes y obscenamente rosas invadiendo espacios, y secándose por demasiados rincones de la casa como invitadxs reptantes no deseadxs. Mis familiares me aseguraban, satisfechxs, que aquellas fundas-vísceras algún día se convertirían en chorizos, salchichones y adobados, como si aquello fuera una justificación universal. Pero yo, que nunca sentí el más mínimo interés por los embutidos, seguía sin entender qué mecanismo compensaba e instaba a repetir, año tras año, aquel repugnante y tedioso proceso.




Sin embargo, lo peor estaba por llegar. 1 o 2 días antes de nochebuena, lxs niñxs éramos sometidxs siempre al mismo ritual: la visita al corredor de la muerte. Algún ser querido nos llevaba de la mano a ver a lxs delicadxs corderitxs y cabritillxs. Sólo un/a niñx psicópata podría ser indiferente ante unos seres tan irresistiblemente adorables, bellos y peluchiles, que no sólo reflejaban, sino potenciaban tu propia inocencia infantil. El mundo era más bonito en su presencia, como si todas las esquinas rasposas se hubieran cubierto, súbitamente, de algodones. Cuando yo miraba a un/a corderx o cabritillx, veía un/a potencial compañer/a de juegos, a una infancia diferente, a un/a amigx.

Poco sospechaba que aquel tierno ser tenía las horas contadas en este planeta, únicamente por haber cometido el “delito” de nacer de otra especie. Aquello era el colmo de la inhumanidad. ¿Qué clase de sociedad psicópata hace que te encariñes con otrxs niñxs o bebés, para 2 días más tarde, asesinarlxs y servírtelos de cena? Independientemente de quién emitiera sentencia y blandiera el cuchillo, ¿por qué este crimen deleznable era perpetrado, con premeditación y alevosía, por seres que supuestamente te querían y debían cuidarte y protegerte?




En aquel único encuentro convergían tres traiciones: a la futura víctima, que apenas había llegado a este mundo y se creía ingenuamente a salvo; a lxs niñxs humanxs, cuya inocencia se traicionaba, robaba y corrompía irremediablemente; y a la justicia y el sentido común.         

Supongo que, dentro de lo espantoso, tuve suerte. Mis abuelxs habían abandonado la cría de ovejas antes de que yo naciera, y “solo” tenían cabras. Por lo tanto, nunca cenamos bebés de cabra. En mi familia nadie era capaz de rebanar un cuello (he visto llorar a mi tío en más de una ocasión al vender sus cabritxs y ser testigo de cómo eran metidos brutalmente en sacos, como si fueran cosas), pero si se servía cordero por navidad. No pasaron muchos años antes de que fuera plenamente consciente de mi involuntaria complicidad en aquel delito: no sólo me estaba comiendo a bebés que querían vivir, sino que me estaba zampando a lxs amigxs de otrxs.

Y otro insight infantil me sacudió como un trueno: para cuando te conviertes en adulto tu corazón se ha endurecido tanto que te transformas en un ser desconectado de su esencia, alguien que, trágicamente, ha desaprendido lo básico. No esperes demasiado a ser tu misma o será mucho más difícil escapar de ese “ejercito de zombies”.




Y esperé un poco, pero no demasiado. Dejar de comer bebés había sido el primer paso pre-adolescente, pero cuando el pato Ferdinand anunció horrorizado “Christmas means carnage!” (“¡la navidad significa muerte!”) en la película Babe, supe que había llegado el  momento de desterrar del menú bastante más que a los bebés: a cualquier tipo de animal, 365 días al año, durante el resto de mi vida.

Como veis esta historia tiene dos finales. Ninguno de los dos es, precisamente, feliz, pero uno de ellos, el de mi yo opresor, al menos, sí es un final FINAL.

Que paséis una justa, solidaria, verde, constructiva, empática y feliz navidad.




Ilustraciones de Jo Frederiks, Sara Sechi, Dina Farris Appel y ¿?


Tuesday, September 28, 2021

Críticas antiespecistas de la 69SSIFF: Lxs invisibles no tienen redes sociales

 





La diferencia entre el especismo diario del mundo real y el del cine es que este último hay que sufrirlo en pantalla grande. Resulta irónico que la feroz injusticia aparezca agigantada, magnificada de tal forma que resulte imposible escapar de ella, y aún así, lxs espectadorxs elijan no verla. Pero siempre está ahí. Agazapada. Las historias que reflejan nuestro herido siglo XXI no pueden escapar, ni evitar perpetuar, el prejuicio más antiguo, el que está más cómoda y acríticamente instalado en nuestra sociedad y en nuestra psique. Ser consciente de este hecho, como cinéfila, no convierte el visionado del film en una experiencia mucho más llevadera. Más bien lo contrario, ya que cada escena de crueldad innecesaria y de indiferencia del público son una confirmación de la enorme sombra del pensamiento cartesiano bajo la que vivimos y de lo mucho que aún nos queda por evolucionar.

Esta última edición del zinemaldi no ha estado exenta de momentos protagonizados por animales gratuita, injusta y dolorosamente especistas que, o bien nunca deberían haberse filmado, o podrían haberse evitado al sustituirse por animales CGI. Tiarrones a caballo, animales tirando de carretas, jaulas con pájaros, “ganado” (quién sabe en qué condiciones) en granjas, comilonas opíparas a base de cadáveres… Son demasiados para incluirlos todos (no quiero ni pensar en lo que habrá en las películas que me he perdido), por lo tanto, me limitaré los 3 que me han empujado, más si cabe, al abismo de la desesperación… y la misantropía. 




3- Spencer (Pablo Larraín, 2021)

Los paralelismos entre aves cazadas y enjauladas y Diana quedan patentes a la largo de todo el film, siempre con la intención de subrayar su pesadilla real, no como denuncia de una injusticia especista, of course. La película comienza con un faisán ¿muerto? en medio de una carretera por la que pasan, sin inmutarse, toda una caravana de coches. Primera pista, premonitoria a todos los niveles. Posteriormente, en la recta final del filme, la muy al borde de todos los precipicios Kristen Stewart, apenada ante la idea de que sus hijos (dos niños, no lo olvidemos) participen en una cacería de faisanes, interrumpe la matanza justo en su inicio (se ve caer, al menos, a un faisán del cielo. ¿CGI? ¿Cuántos animales habrán muerto realmente para hacer esta película?) y desafía a las balas para rescatar a sus retoños de la barbarie cruel, testosteronea y obsoleta.  

Optimista, confieso que casi  me pongo a aplaudir desde el palco del Victoria Eugenia (muy royal, lo sé, pero con el basketball player que tenía delante, también muy incómodo), sin embargo, la happiness duró muy poco. Pocos segundos más tarde, Diana, la compasiva, estaba invitando a sus hijos a un banquete de comida basura cuyo ingrediente estrella era (¡oh, sorpresa!) otra ave a la que, mercantilmente, se llama “pollo”. Por lo tanto, está mal cazar animales que quieren vivir, cuando no hay ninguna necesidad de hacerlo, pero es perfectamente válido condenar a millones de aves a una vida corta y dolorosa, en la que solo son carne de engorde super hormonada. Una vez más, ejemplo flagrante de “compasión por los animales que no nos obligan a renunciar a nada, pero ceguera egoísta ante “los más comestibles” para no cambiar de hábitos” (Esquizofrenia moral omnivoril en su máxima expresión, vaya). Considerando que es una película cuyo tema principal es la opresión y la falta de libertad cimentada en la metáfora de las aves que no pueden usar sus alas, la elección del menú resulta especialmente desafortunada y dolorosa.


 



2- La Roya (Juan Sebastián Mesa, 2021)

Ambientada en un (precioso) paraje natural colombiano y con la vida rural como protagonista indiscutible, los ejemplos especistas estaban asegurados sí o sí. ¿Y qué “historias para no dormir” vemos en esta ocasión? Gallinas desangrándose, el cadáver de un pobre cerdo como banquete de reencuentro fin de curso, burritxs cargadxs con enormes sacos y con tipos grandes y, lo que más me rompió el corazón: aves directamente capturadas de la selva y condenadas en jaulas. El protagonista, imitando su canto, atrapa aves en una jaula que luego regala a una coleccionista lugareña. Los pájaros decoran la fachada principal de la casa, con vistas a la selva (escalofriante escena). Por lo tanto, todas estas víctimas han sido sentenciadas, cruel y fatalmente, a observar de por vida su hogar sin poder regresar jamás a él. El colmo del sadismo. Confieso que yo no dejaba de pensar, ¿cómo es posible haber crecido y vivido entre aves libres toda tu vida y, a pesar de todo, elegir sentenciarlas tan frívola, gratuita e insensiblemente? Y es que, si esto aparece en el guión, más que probablemente, sea una práctica habitual en ambientes rurales. Y eso, ESO, es lo más terrorífico de todo.

 



1-The power of the dog (Jane Campion, 2021)

El western tradicional es, para mí, un género antipático. Sus protagonistas suelen ser macho-men, el sexismo y el racismo campan a sus anchas y, como no, el (ab)uso de caballos, toros y vacas, completando el tríptico, siempre está presente. Sabía que sufriría viendo lo último de Jane Campion, pero aún no sospechaba que acabaría otorgándole el premio Descartes a la película más especista de la 69 edición. ¿Por qué?

Dos hermanos vaqueros y ganaderos. Sabemos que la presencia de animales en cualquier entorno no natural para ellxs (no eligen ser actores, lxs humanxs, sí), es sinónimo de maltrato y ningún otro film cuenta con más esclavos que The power of the dog. Hagamos cuentas. En el encontramos el catálogo completo del rancio oeste: paseos a caballo, lecciones de doma, mutilaciones genitales (reales, estoy segura), palizas a caballos (fingidas, también estoy segura. Pero, ¿en qué condiciones ha vivido y vive ese animal?), cadáveres de vacas siendo desollados, conejos a los que se asesina para abrirlos en canal con la patética excusa una lección de anatomía… El horror.




Pero lo más doloroso es que, en la lucha de masculinidades que propone el film, es la positiva y no la tóxica, quien decide asesinar animales fría, científica y calculadamente, por alguna asquerosa y débil excusa.  Por lo tanto, el mensaje que nos envía la cinta de Campion es “los hombres de verdad protegen, son empáticos y  compasivos con su familia humana, pero nunca con los animales”. Si a alguien se le ocurre un mensaje más distorsionado e incoherente en este siglo XXI, please, let me know.

Resulta especialmente triste y frustrante que las 3 películas de este top de la vergüenza sean o bien dignas (La Roya) o muy buenas (Spencer, The Power Of The Dog), pero ninguna película, independientemente de su buena calidad, puede justificar JAMÁS la crueldad, el abuso y la muerte de los más vulnerables. Como espectadorxs, nuestra responsabilidad es castigar las historias que no pasan el test antiespecista y enviar un mensaje alto y claro. De lo contrario, la transición de animales reales a CGI se retrasará sine die. Se lo debemos a todxs aquellxs que sufren día a día, injustificadamente, bajo la excusa o el amplio paraguas del arte, y no tienen redes sociales.


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Thursday, October 03, 2013

'Tordesillas Award' de la 61 edición del Zinemaldia




Es posible que de entre los más de 3000 acreditados en la última edición del festival internacional de cine de San Sebastián, hubiera algun@ que fuese, al mismo tiempo, cinéfil@ y animalista. Como desgraciadamente no he tenido la suerte de coincidir con ninguno (ni de leer ningún artículo o comentario sobre este casi siempre olvidado  tema), asumo la responsabilidad de analizar y comentar la cosecha festivalera de este año desde un punto de vista animal friendly y anti-especista.
Teniendo en cuenta que las asociaciones de defensa de los derechos de los animales en el cine no son más que un cuadro en la galería impostada por la que no transita casi nadie (y, en caso de que se visite, no hay nada que unos cuantos billetes no puedan comprar), y que los actores no humanos no eligen estar en un set de rodaje y su actuación se les impone, lo más doloroso para un cinéfilo animalista, es plantearse el innecesario sufrimiento infligido o la posible muerte real que ha tenido que sufrir un animal para rodar tal o cual escena.
 
 
 
Cinematográficamente hablando, este no ha sido un buen año para nuestros hermanos no humanos, lo cual significa que hay muchos y muy firmes candidatos para llevarse a casa el Tordesillas Award. Mal que me pese, a los ojos de la industria cinematográfica, los animales siguen siendo utilizados como objetos a nuestra disposición, seres a los que se puede asesinar, torturar, maltratar o ningunear sin ningún remordimiento o consecuencia tanto dentro como fuera de la pantalla.
Más de una película contiene escenas gratuitas de caza familiar (padres e hijos unidos por los lazos del sadismo, ¿no es tierno?). Prisoners empieza con una y la justifica de manera patética (además, tengo la seria duda de si realmente su víctima fue dormido o asesinado), y en otras como El árbol magnético, se disparan aves como bonita tradición familiar, pero no se muestra a los animales en pantalla.




En el apartado los animales como ganado, el hermano del protagonista de El extraordinario viaje de T.S.Spivet (que también es un cazador nato y cuyo padre tiene toda la casa llena de trofeos disecados), tiene la graciosa costumbre de atar latas a las colas de los gatos y de disparar sobre ellas. La película de Jean-Pierre Jeunet nos muestra, además, una delicada escena de marcado terneril con un hierro candente dolorosamente real. En la estupenda Dallas Buyers Club, por otra parte, se muestras algunas desagradables escenas de rodeo y, como de todos es sabido, los animales que se resisten a ser sometidos y dominados no tienen dobles.
Más actos que reafirman la creencia popular de que los animales (sobre todo los que están alejados de nosotros genéticamente) son poco más que cosas con necesidades fisiológicas. El niño de Pelo malo tira, como acto de venganza, unos peces por la ventana (aunque caen fuera de plano). Sin embargo, no ha sido el pez peor parado de esta edición. Como subrayado innecesario y de trazo grueso, la acartonada y telefilmera October, november muestra a un pobre salmón agonizante fuera del agua que, probablemente, pagó con su vida su “actuación” en esta infumable película.
 
 
 
Otro capítulo pertenecería a relaciones interespecies insólitas (juas). Por las plumas narra la relación de “amistad” que se crea entre un hombre y el gallo de pelea que ha adquirido con la esperanza de que le saque de su rutina. He de admitir que no he visto esta película, pero la opinión de una conocida crítica que aseguraba que los animalistas “nos teníamos que aguantar”, reafirma mi intención de no verla.
Of horses and men ha sido un film que ha gustado muchísimo a público y crítica (de hecho, ha ganado el premio de nuevos directores) y en él se muestra la relación especial que los habitantes de un remoto rincón islandés tienen los caballos y viceversa. Para bien o para mal, este film también me lo he perdido. Me han asegurado que hay escenas muy crueles y desagradables, pero lo que más me cuestiono, una vez más, es el casi siempre sádico entrenamiento que han podido sufrir los caballos para convertirse en actores a su pesar.
 
 
 
A pesar de que me han asegurado de que en la mexicana Heli se degüella a un animal y de que el film kazaco Harmony lessons es la más clara candidata al Tordesillas Award de este año,  he de ser consecuente con lo que sí he visto. Por lo tanto, el premio al film más sádico, cruel y especista de la última edición festivalera va para la china A touch of sin, que intenta radiografiar y denunciar la violencia de la China actual, junto a las relaciones de sometimiento y de poder que las mantienen, pero que no duda en dar latigazos a un caballo hasta hacerlo desfallecer o de cortarle el cuello a un pato, lenta y dolorosamente, esperando a que se desangre (y todo el público es lo suficientemente realista como para saber que no es un truco de cámara).

Sin embargo, ante tanta crueldad animal en una muestra relativamente pequeña (en mi caso, unas 30 películas), una no puede evitar preguntarse cosas como: "¿qué será lo que me he perdido?".

 

 
Una de mis esperanzas era entregar el anti-Tordesillas del año,  pero lo más cercano a la sensibilidad animal que he visto en esta edición, ha venido de la mano de mi peli favorita, la japonesa Soshite chichi ni Naru (Like father, like son) en la que una de sus protagonistas asegura, tajante, que las mascotas no son intercambiables. ¿Llegará en día en el que el Tordesillas Award se vaya d vacio? Let’s hope so…
 
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