Cada
21 de diciembre se celebra Santo Tomás en Donostia.
Básicamente, la famosa festividad consiste en
reunirse con amigos y conocidos, alcoholizarse y ponerse hasta arriba de
txistorra (una especie de chorizo especialmente pringoso).
En la plaza principal, mientras la ciudad
apesta insoportablemente a carne frita (y su supuesta elegancia desaparece, como por arte de magia), se celebra una feria de “vida rural”,
en la que uno o dos cerdos, junto con cabras, avestruces, vacas, burros y alguna
víctima más, permanecen, durante toda la jornada, encerrados en mini corrales individuales, cual meros trofeos gastronómicos (independientemente
del frio, la lluvia o el acoso de algún niño o adulto psicópata).

Además de evitar como a la peste la city durante este fatídico día, siempre me
pregunto qué narices les dirán los padres a sus hijos sobre las víctimas más graves, los cerdos,
mientras solazados (y amodorrados) con la fetidez cárnica, los observan cuando engullen
los restos grasientos de otros miembros de su especie. “¿Mira, cariño, este cerdito tan gracioso es lo que vas a cenar esta
nochebuena?”.
Lamentables exhibiciones como esta, en las que se idealizan las condiciones
de vida del animal mientras, al mismo tiempo, se le humilla miserablemente, son un buen
medicamento agarrulador y normalizador del abuso animal. Y es que, durante (casi) cualquier tipo de fiesta, la hipocresía omnivoril no tiene
límites…
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