Monday, April 27, 2015

Alimento = medicina




Ni el/la vegan@  más combativ@ podría autoengañarse o negar lo evidente: la carne contiene una cantidad considerable de nutrientes, pero (y aquí vienen las buenas noticias), al mismo tiempo, también lipoácidos saturados, ácido araquidónico, una cantidad excesiva de fosforo y hierro, grasas saturadas, colesterol y ácido úrico, entre otras delicatesen nutricionales no presentes en el mundo vegetal, que además de acortarnos considerablemente la vida, son el caldo de cultivo ideal para un sinnúmero de enfermedades, muchas de ellas mortales. (¿Por qué no nos advierten sobre esto de niños cuando nos venden la carne roja como el alimento todoterreno estrella?). Sin embargo, pesar de la masiva campaña de desinformación, se podría deducir, entonces, que la carne y todos los alientos de origen animal, “roban”, en términos de salud, tanto o más de lo que aportan.




Algunos veganos alardean de su dieta como si fuera la panacea y se creen inmunes contra cualquier tipo de enfermedad, lo cual, además de no ser cierto en absoluto, puede resultar contraproducente para el propio veganismo. Y es que la salud, por mucho que nos duela, no depende exclusivamente de la dieta, hay muchos elementos que inciden en la calidad de su estado. Algunos como la dieta, nuestros hábitos de sueño, el nivel de felicidad/satisfacción, nuestra psicología o  nuestro estilo de vida son más o menos controlables, mientras que otros como la genética y los elementos externos (una catástrofe natural, un accidente, una tragedia, la pérdida de un ser querido, etc), no. ¿Por qué desdeñar, entonces, lo que si podemos controlar?

Personalmente, me cuesta entender que aún haya gente hoy día que se aferre ciegamente al argumento múltiple de tradición, habito, conveniencia, sabor (y economía) para justificar su consumo de carne. Si una dieta vegana equilibrada y hecha con cabeza tiene aún más ventajas que la omnívora y ninguno de sus inconvenientes, ¿quién puede querer, en esta época mediatizada y sobreinformada, seguir suicidándose consciente y lentamente? 



                                
Reflexionemos un instante: si la proteína animal es tan beneficiosa y vital en todas las etapas de la vida, ¿por qué cuando alguien tiene una enfermedad grave o mortal la carne y los alimentos de origen animal son los primero que el medico prohíbe de su dieta?

La primera acepción de alimento es “Sustancia nutritiva que toma un organismo o un ser vivo para mantener sus funciones vitales”. Desde esta definición la carne no sería un alimento, porque no nos ayuda a mantener de forma óptima y duradera nuestras funciones vitales. Un alimento debería alargar y mejorar nuestra vida, prevenir males y convertirse en nuestra medicina, en lugar de ser un veneno que nos mata lentamente. Porque, como decía Hipócrates, "Que tu medicina sea tu alimento, y el alimento tu medicina”.

¿Tú haces de tu dieta tu medicina?






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Thursday, April 16, 2015

Lost in translation



Algún día tenía que ocurrir. Pasar por delante del puesto de sushi del supermercado, ese que muy puñetera y estratégicamente han situado al ladito de la sección de frutas y verduras, tarde o temprano te obliga a enfrentarte a cierto comprometido ofrecimiento. Y ese día tenía que ser hoy.

“¡Prueba, prueba!”, me espetó un japonés bonachón de edad indefinida, mientras sostenía, exultante, una elaborada bandeja multicolor. Preparada, desde hace semanas, para tan incómodo momento, confieso que incluso tenía una respuesta preparada en mi japonés macarrónico (en Japón, al parecer, aún no existe el término “vegano” o “soy vegano”. Para comunicar que se sigue este régimen alimenticio uno tiene que decir  “Soy muy vegetarian@” o "sugoku vegetarian desu”). Y, antes de darme cuenta, se la solté, como quien suelta, aliviado, un paraguas al final de un largo día lluvioso.

El hombre me miró, extrañadísimo, como si hubiera descubierto, de repente, que tengo tres cabezas. Cuando ya había dado por zanjado el asunto y me había alejado un par de pasos del puesto, volví a escuchar, un “¡prueba, prueba!” a mi espalda con marcadísimo acento japonés. “Sugoku vegetarian desu”, insistí. “¡Prueba, prueba!” contraatacó él, obstinado y casi ofendido. “¡Que no como animales!”, espeté, en un volumen bastante menos discreto del que me habría gustado. Pause y mirada del más profundo y desarmante estupor.




Confieso que, llegados a ese punto, me dio un ataque de risa. Era obvio que su español era tan o más macarrónico que mi japonés, así que nos encontrábamos ante un verdadero e inevitable diálogo de besugos. Me marche pitando antes de que al perseverante hombre, bandeja en mano, se le ocurriera perseguirme por el super. Confieso con tristeza que nunca sabré si:

    A)    Mi japonés es tan patético que ni siquiera un nativo llega a entenderme.    

     B)    El tipo no sabía lo que era ser “muy vegetariano” (o le importaba tres palillos).
                            
    C)    O si entendía perfectamente a lo que me refería e insistía en ofrecerme un rollito de sushi 100% vegetal.


Llámenme pesimista, pero yo apuesto por A y B...


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Thursday, October 09, 2014

Yo también soy Excalibur




¿En qué momento Excalibur dejó de ser un miembro más de la raza perruna? Todo comenzó cuando Javier L.R., su humano y marido de Teresa, la enfermera infectada por el virus del ébola, hizo un llamamiento urgente y desesperado desde el hospital en el que permanece en cuarentena. Pedía que salvasen a su perro Excalibur, el tercer miembro de su familia, y al que un juez había decretado asesinar “por precaución” sin su consentimiento, sin someterlo a ninguna miserable prueba previa o tratamiento. Aseguraba, además, que le habían mentido, que el destino de su adorado animal, en principio, iba a ser otro: aislamiento y observación, prácticamente el mismo al que se sometería el mismo.




Su llamamiento fue escuchado por las asociaciones animalistas y el partido PACMA, pero nadie, ni el propio Javier, ni los (cuatro) animal lovers que existimos en este país, pudieron prever una respuesta solidaria tan contundente y monumental, incluso fuera de nuestras fronteras. Y es que nunca se había visto nada semejante. Tras el hashtag #SalvemosAExcalibur, trending topic mundial y a un ritmo mega-ultra viral, incluso para las redes sociales, el cánido pasó de ser el querido can de la primera enferma de ébola fuera del continente africano, a convertirse en otra cosa. Él no lo sabía, no podía sospecharlo mientras se paseaba inquieto, tras dos días de alarmante soledad, por la casa abandonada (probablemente, con esa intuición tan perruna/gatuna que le advertía de algún peligro inminente), pero se había convertido, no sólo en un símbolo, sino en todo un movimiento.




Excalibur ya no era una mascota querida, el miembro no humano de la primera familia infectada (una familia cuyo sufrimiento y terror, en estos momentos, no queremos ni podemos imaginar), ni un ser vivo único y valioso que merecía el mismo respeto y cuidado que los enfermos humanos, Excalibur, con su inocencia y pureza perrunas de 24 quilates, de repente, pasó a encarnar a toda víctima de la injusticia, abuso, opresión, maltrato, humillación y ninguneo más brutal y absoluto: o séase, a todos nosotr@s. Todos somos Excalibur, y todos llevamos demasiado tiempo siendo Excalibur. El vil e injustificado asesinato de este can, en el inconsciente colectivo, era la última gota de un maremoto de abrumadoras injusticias, por eso nos lanzamos a las redes sociales y a las calles. De alguna manera, salvar la vida de ese pobre perro potencialmente infectado (probablemente más sano que una manzana Golden recién cogida del árbol), era un contundente “¡Basta ya!”, además de un ejercicio de empoderamiento ciudadano y una, en muchos casos inconfesa, débil llama de esperanza.




De nada sirvieron los consejos científicos de los colegios de veterinarios, de grandes expertos en enfermedades víricas y del mayor especialista de los efectos del ébola en animales que existe (que incluso argumentaba que el can podía contener la clave de una potencial cura). Tampoco surtieron efecto los miles de gritos y súplicas, sumadas a las de su familia, instando al sentido común y a la compasión recogidos a lo largo y ancho del mundo, Excalibur estaba condenado a muerte desde el momento en el que el test de Teresa dio positivo. Y no se trata solo de la cruel e inhumana respuesta a una larga serie de incompetencias, es el “spanish way” o la “marca España”. Cada vez que un animal no humano supone una molestia, de cualquier tipo, la única solución, por muchas alternativas compasivas que haya, es el asesinato. Sucede con perros, con gatos, con ratas y con palomas, entre otros animales, todos los días, a todas horas. 




Me resulta imposible no recordar un diálogo de la película Magical Girl, aún por estrenar, en el que uno de sus personajes sostiene la hipótesis de que la continuidad de los toros en España se debe a que, como país, aún no ha decidido si es racional o emocional. Decisiones inútiles, crueles y retrógradas como el asesinato de Excalibur refuerzan esta hipótesis. España (o, más bien las personas que lo gobiernan) es un país profundamente emocional, pero no en el sentido de empatía, compasión, inteligencia emocional o sensibilidad, sino en sus acepciones más garrulas, cafres y propias del medievo, como son irracionalidad, crueldad, bestialidad, terror y oscurantismo. Nunca “medida preventiva” había sonado tan falso y artificioso, tan profundamente insultante. Señores y señoras del PP, a partir de aquí se baja hasta el último viajero con conciencia que les quedaba. Hemos rebasado el número de eufemismos y abusos que podemos aguantar.





Uno de los refranes españoles más cutres, casposos y especistas sentencia “Muerto el perro, se acabó la rabia”. Pues bien, con la ejecución de un inocente “por si acaso”, no han acabado con la rabia, ni muchísimo menos (más bien exactamente lo contrario). Lo que sí han conseguido, además de colocar otro clavo en su tumba electoral, es mermar, aún más si cabe, la ilusión y la esperanza.

Descansa en la ciudad arcoiris, tierno Arturo. Ningún humano conocido se ha ganado ni, posiblemente, se gane jamás, semejante paraíso. 


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